En realidad, no pensaba en el amor. Tenía en su familia una heroína de novela, la famosa Concha Argüello, parienta por su madre, que pasó treinta y seis años esperando la vuelta de su prometido y murió casi santa. Pero esta mujer extraordinaria, cuya historia le habían contado muchas veces siendo niña, había nacido para sufrir por los demás y necesitaba apoyarse en un hombre. Ella era más fuerte; podía vivir sola, se bastaba á sí misma. No temía la tristeza del aislamiento, pues trae consigo el regalo de una absoluta libertad.

Para mantenerse independiente sin la protección de los hombres imitaba los ejercicios y diversiones de éstos. Desde su niñez era gran jinete. En la adolescencia le había gustado ejercitarse en el boxeo y aprender los secretos de la lucha japonesa.

Era un medio seguro de verse respetada en todas partes y evitar demasías.

—Yo no he llorado nunca—decía con orgullo la señorita Ceballos.

De pronto circuló la noticia de su casamiento con un personaje político del país, el honorable señor Douglas, hombre tranquilo, sano, vigoroso, pero con veinticinco años más que ella: edad sobrada para haber podido ser su padre.

Nadie habló de amor al ocuparse de este matrimonio. El respetable personaje de cabeza gris y sonrisa dulce y tolerante no podía evocar la imagen de un amoroso como los que se ven en libros y teatros. El cariño reposado y protector con que trataba á la joven tenía mucho de paternal.

Ella no sabía mentir. «¿Acaso es preciso el amor ardoroso y romántico para el matrimonio?» Apreciaba y respetaba á su marido; procuraría hacerle grata la existencia común; no era necesario más para vivir dichosos.

Conchita se trasladó á Wáshington para no separarse de su marido, que era diputado y asistía puntualmente á las sesiones de la Cámara de Representantes. La señorita de Monterrey, que había pasado su niñez galopando como un cow-boy, se adaptó con fácil mimetismo á las costumbres de la capital federal y al trato con las esposas de los personajes del gobierno. El representante Douglas vió aumentarse considerablemente su prestigio gracias á la discreción de su esposa.

La amistad de un nuevo presidente de la República le hizo pasar á la diplomacia. Douglas, educado en California, hablaba el español, y su gobierno consideró conveniente enviarle como ministro á una República de la América del Sur. Además, sus amigos políticos creyeron que la señora Douglas, por su apellido de familia y sus orígenes, podía ayudar útilmente á su esposo en esta misión.

Tres años vivieron en la lejana República, y la «ministra» de los Estados Unidos, admirada por su belleza y su elegancia, lo fué todavía más por su carácter afable, refractario al mismo tiempo á las excesivas familiaridades.