La juventud del país, exuberante, apasionada y predispuesta á los desvaríos imaginativos, se sintió atraída por esta mujer hermosa unida á un hombre que empezaba á ser viejo. Pero los más audaces se convencieron pronto de su error, y después de tantos elogios empezaron á hablar mal de ella. Era «una puritana», incapaz de tolerar el menor flirt, una burguesa que ponía el gesto duro apenas las galanterías de salón tomaban cierta intimidad.

Descubrieron además que su hermosura era igual á la de las beldades hijas del país. ¡Ser morena y tener negros los ojos y el pelo!... Para eso no valía la pena venir de los Estados Unidos. ¡Si á lo menos hubiese sido rubia, aunque tuviera la nariz roja, como otras diplomáticas del Norte de Europa!...

Estando en Nueva York durante una licencia, el ministro plenipotenciario Douglas murió repentinamente, á consecuencia de una enfermedad contraída en sus tiempos de ruda propaganda electoral.

La viuda se vió enormemente rica; mucho más rica que había creído ella en vida de su esposo. Esta fortuna estaba representada por los valores más diversos y heterogéneos: acciones de ferrocarriles y de minas, de fundiciones de acero y de pozos de petróleo. Hasta heredó la mayor parte de la propiedad de un gran diario.

Como su padre había muerto poco después de su matrimonio, tuvo ella que correr con la administración y solidificación de su fortuna. Pero «la Embajadora» era de gran agilidad intelectual para adaptarse á las exigencias del medio en que la colocaba su destino. Vendió unos valores, cambió otros, arrendó á una empresa de anuncios su propiedad periodística, confió el cobro de sus rentas á personas seguras...

Este título de «Embajadora» se lo daban antonomásticamente allá en su tierra. La gente une por instinto en todas partes la noción de diplomacia con la de embajada. Todo enviado diplomático es para el vulgo un embajador. Los partidarios políticos del difunto se habían acostumbrado á llamarlo «el embajador Douglas», considerando este título como una gloria del país, y la viuda, por herencia, siguió disfrutando en las conversaciones el título de «Embajadora».

Al verse en absoluta libertad y con la independencia que proporciona la riqueza, sintió un repentino interés por el bienestar de los demás, por la pureza de las costumbres públicas, así como por la defensa de los inocentes y los oprimidos. Figuró en todas las asociaciones dedicadas á la protección de animales ó personas; trabajó con vehemencia por anular los desenfrenos de la carne, disfrazados con el falso nombre de «amor», así como los excesos alcohólicos. Los organizadores de toda obra filantrópica ó moralizadora, al dirigirse á ella, estaban seguros de recibir el apoyo de su carácter batallador y un cheque importante.

En San Francisco corrió peligros novelescos al perseguir, unida á otras personas de igual virtud acometedora, los garitos y fumaderos de opio del barrio chino—antes de que los borrase del subsuelo un terremoto famoso—, así como las tabernas licenciosas y los cafés cantantes para marineros del barrio llamado «la Costa de Berbería».

Falta de hijos y cortando con fría urbanidad las insinuaciones de los que deseaban casarse con ella, dedicó al bien público sus entusiasmos enérgicos y á la defensa de la virtud toda la acometividad de su carácter reciamente varonil y justiciero.

—Es Don Quijote—decía un profesor viejo de Los Angeles—; no puede desmentir su raza... Los abuelos venidos de España resucitan en ella.