Los músicos de la boda coreaban una nueva romanza marineresca del tenor. Los grupos de paseantes iban del asfalto del malecón hasta la acera del restorán, agolpándose ante su verja. Ninguno de los dos oyó esta serenata napolitana, en pleno día, que iba atrayendo á todos los que transitaban por un extremo del paseo de los Ingleses.
—¡Veamos!... ¡Esto resulta absurdo!—dijo él con voz irritada—. Usted es todavía joven. Usted no tiene años para ser... eso que pretende ser...
Le miró ella con una conmiseración afectuosa y protectora.
—¿Cómo sabe usted mis años?... Las mujeres de ahora no tenemos edad. Somos eternamente jóvenes, hasta que una mañana, al despertar, dejamos de serlo para siempre. Yo soy más vieja, muchísimo más vieja que usted cree.
Siguió martirizándose el joven una de sus sienes con nervioso frotamiento, como si esto le sirviera para extraer nuevas dudas.
—Pero usted y mi padre no eran amigos. Hasta creo que se llevaban mal, y usted le envió cartas que le causaron grandes disgustos.
—Consecuencias del pasado—dijo ella—. Esa misma falta de amistad entre los dos prueba las buenas relaciones de otros tiempos. Tal vez no pudo aceptar nunca que yo me casase con otro hombre, después de habernos conocido allá en California. Bien pudo ser también que yo le odiase porque no quiso casarse conmigo.
—Tengo en mi casa documentos que desmienten todo eso... Mi partida de bautismo menciona el nombre de mi madre... Yo nací en Méjico. Es verdad que mi nacimiento fué cerca de la frontera de los Estados Unidos... pero en Méjico; y usted creo que no ha estado allí nunca.
Ella tuvo fuerzas para sonreir con una expresión maliciosa.
—En aquella tierra de revoluciones, y en una provincia lejana donde cambian con frecuencia las autoridades, no es difícil inventar cuantos documentos se necesitan... Su padre era un caballero, y procuró librar mi pasado de sospechas.