—Vuelva á su país, Florestán; viva en su tierra con los que le aman verdaderamente y están preparados para llevar una existencia tranquila, igual á la de usted. No se ocupe más de mí. Yo soy una aventurera, una caprichosa, que le sacará siempre de la órbita regular de su existencia para causarle daños. Funde usted una familia más completa y numerosa que la que formó su padre... Conozco á la niña que debe ser su esposa. Es la compañera que le conviene. Le admira, le adora; usted encontrará en ella respeto y supeditación, al mismo tiempo que amor.
Florestán, oyendo esto, sintió la necesidad de protestar, y esta protesta le hizo volver á sus antiguas dudas.
—¡Pero todo esto es absurdo!—murmuró—. Parece una pesadilla... ¡No puede ser! Hay algo que me avisa que no puede ser.
—Es la sorpresa, que aún le tiene desorientado y no le permite contemplar la verdad... Usted se acostumbrará á la verdad. Aún dura en su memoria la monstruosa imagen de mi persona, que le inspiró un amor material. Poco á poco conseguirá verme como lo que debo ser para usted.
El joven tomó una actitud resuelta.
—Si es usted mi madre, no me abandone. He pasado toda mi vida sin otra madre que una pálida imagen sobre un pedazo de cartón, y ahora que se me revela de pronto con una presencia real, ¿quiere usted abandonarme?... Sería injusto.
Ella le miró con ojos de lástima.
—Tuvo usted más suerte con su padre que con su madre. Mejor hubiera sido no decirle nunca la verdad; más preferible haberle conservado la otra madre á la que no vió jamás... Usted no me conoce. Soy una de esas aventureras que no han llegado nunca á tener casa fija ni familia, porque sólo habitaron durante su vida la pasión. Soy una egoísta, incapaz de sacrificarme por nadie. Además, ¿qué sabe usted de mi pasado? ¿Por qué no puede guardar otras historias iguales á las de su padre?... Si permaneciese al lado de usted me vería obligada á envejecer, á vivir como debe hacerlo una madre... Prefiero vagar por el mundo sola, conservando mi juventud ó la falsa ilusión de que aún la poseo.
Quedó como anonadada por este amontonamiento de perversidades que iba esparciendo sobre su pasado y su presente para ennegrecerlos. Luego sintió la necesidad de animar á Florestán, que permanecía con la cabeza baja y el sombrero en la mano, recibiendo sobre su nuca el cosquilleo cáustico del sol.
—¿Quién puede saber el porvenir?... Alguna vez volveremos á vernos. Iré á España cuando usted tenga hijos. Llegaré de pronto, como esas abuelas locas que aún se creen jóvenes y se presentan en el hogar de sus nietos, lo mismo que una golondrina aventurera que tiene hambre, que tiene frío, y luego de calentarse y descansar levanta otra vez el vuelo... Pero no confíe mucho en mí, no se enorgullezca de haber encontrado una madre. ¡Soy muy mala! Reconozco que no me sacrificaré nunca por nadie. Sólo para abrirle los ojos y evitar un sentimiento desorientado he dicho la verdad.