Florestán seguía mirando al suelo y moviendo los labios:

—¡Pero esto no puede ser!... ¡Esto resulta absurdo!...

Volvió á fijar la mirada en ella, mas ahora resueltamente, como si acabase de adoptar una importante resolución.

—Hablaremos con más calma y más tiempo de nuestro porvenir. Ahora confieso que no puedo conversar tranquilamente. ¡Esa noticia tan inesperada!... ¡Qué confusión en mi cerebro!...

Asintió ella con voz lenta:

—Sí, será mejor separarnos.

Inmediatamente habló el joven de la necesidad de verse aquella misma tarde. Ahora la entrevista no podía durar más. Rina parecía impacientarse á causa de su largo aislamiento y hablaba á gritos al perrillo para recordar su presencia. El gozque japonés, incitado por su acompañante, lanzaba escandalosos ladridos.

Concha Ceballos hizo por instinto un ademán repelente al notar la insistencia con que el joven pedía que se viesen aquella misma tarde. ¡Repetir un sacrificio tan doloroso! ¡Mentir y mentir otra vez, cuando ella creía terminado para siempre su tormento!... Pero se dió cuenta de la necesidad de añadir una falsedad más.

—Iré á Monte-Carlo esta tarde, como los otros días. Nos encontraremos en el Casino. Podremos hablar á solas, sin miedo á que nos oiga mi amiga.

La seguridad de verla horas después tranquilizó al joven. Podría reflexionar sobre todo aquello tan inaudito que había escuchado; dispondría de tiempo para aportar nuevas dudas á su conversación. ¡Quién sabe!... Confiaba vagamente en esta segunda entrevista y otras que vendrían después; pero en realidad ya no sabía lo que deseaba. Sentíase atraído, lo mismo que antes, por aquella mujer, mas sin llegar á definir con certeza la calidad de sus sentimientos. Indudablemente era amor; pero ¿qué amor?...