—Separémonos aquí—dijo Concha—. Deseo que no me acompañe hasta el hotel...

—¿Quiere que vaya yo en su automóvil esta tarde á Monte-Carlo?

—Será mejor que me espere usted allá.

Él dudaba, como si presintiese un peligro, y repitió sus preguntas. Ella fué contestando con voz sombría, lo mismo que un eco.

—¿Me permitirá usted que tomemos el té juntos?...

—Tomaremos el té juntos.

—¿Nos veremos á las cinco?...

—Nos veremos á las cinco.

Dió su diestra al joven, y éste la llevó á sus labios. Al sentir sobre su epidermis el contacto de aquella boca, retiró la mano con presteza, como si hubiese recibido una impresión candente.

Se alejó Florestán, después de saludar por última vez á las dos damas.