—Hasta la tarde.
Concha fué siguiéndolo con sus ojos mientras se alejaba por la ancha avenida junto al mar, cada vez más pequeño, ¡más pequeño!... «¡Adiós!... ¡adiós!»
—Esta misma tarde nos vamos á París—dijo de pronto á Rina con un tono que no admitía réplica—; y antes de diez días habremos embarcado para Nueva York.
Pensaba en el bueno de Arbuckle, en sus propiedades de California, en aquel mundo nuevo que ofrecía para ella el atractivo de una renovada juventud. El otro ya no volvería á buscarla con el mismo ardor tenaz que después de su primera huída. Se llevaba atravesado el corazón. Sobre su pecho temblaba la saeta de la Duda, cimbreando su remate de plumas negras.
La montaña infranqueable se había levantado entre los dos. Dudaría frecuentemente de la veracidad de estas revelaciones. Dudamos hasta de las cosas más ciertas cuando se oponen á nuestros deseos; pero la semilla había caído en el surco, y la mentira sólo necesita, las más de las veces, tiempo y alejamiento para convertirse á ciertas horas en verdad... Y si el destino colocaba de nuevo á este hombre ante sus pasos, el encuentro ya no resultaría peligroso. Como un escudo para defenderse de las locuras que embellecen y complican nuestra existencia, ella llevaría á su lado un compañero tranquilo, «de todo reposo», como el que había escoltado el principio de su vida independiente.
El tenor había vuelto á cantar su primera romanza, y ella contempló lo mismo que antes, con misteriosa visión subconsciente, océanos y puertos, auroras y puestas de sol.
Vieni al mare
Vieni al maaare...
Al mismo tiempo seguía con sus ojos á Florestán, ¡tan pequeño!... ¡tan lejano!... Iba á perderse entre los grupos que marchaban hacia la ciudad, entre aquellas gentes espoleadas por el apetito, atraídas por la imagen de la mesa puesta que estaba esperándoles.
—¡Y no le veré más!
Estas cinco palabras adquirieron para ella una importancia repentina, enorme. «¡Y no le veré más!...»