Sintió que sus duras y ágiles piernas de amazona se ablandaban, como si fueran á desprenderse en pedazos. Avanzó vacilante hasta un banco cercano y se dejó caer en su madera verde, con el desaliento del que teme no levantarse nunca por saber que están rotos los resortes de su voluntad.
¡Ay, la romanza dulzona de aquel cantor del mar! ¡Qué estilete en mitad de su pecho!...
Varios transeuntes retardados, al pasar junto al banco, miraban con extrañeza á esta señora elegante. Se llevaba un pañuelo á los ojos, tosía, para disimular de tal modo los estertores de angustia que agitaban su majestuoso cuello de Juno morena.
¡Pobre reina Calafia! Su voz sonó dolorosa, suplicante, lejanísima.
—Rina, ¡niña mía!... Ponte un poquito delante de mí. ¡Que no me vean!... Necesito llorar.
FIN
Villa Fontana Rosa
Menton (Alpes Marítimos)
Febrero-Mayo 1923