Ella había intervenido, cuando vivía en su país, en la reparación de muchas injusticias, y continuaba desde lejos ayudando con su fortuna á la defensa de los débiles. ¿Por qué no extender su protección á esta solterona, cuyas charlas y manías parecían refrescarla lo mismo que un descanso á la sombra de un bosquecillo después de una jornada ardorosa?
Aceptando sin examen los informes de Rina y creyendo desde el primer momento en la culpabilidad del ausente, empezó á intervenir en dicho asunto, dictando cartas breves y duras para aquel «mal hombre» que vivía en Madrid y usurpaba las riquezas de la otra. Como era de una precisión matemática para el examen de sus propios negocios, pronto se enteró del asunto que le fué relatando su compañera y hasta rectificó algunos de sus errores.
El padre de Rina—un californiano que se llamaba Juan Sánchez por su padre el chileno, y Brown por su madre—se había asociado con Ricardo Balboa, durante el viaje de éste á Monterrey, para la explotación de unas minas en Méjico. Don Gonzalo, el padre de Concha, pretendió entrar en dicha empresa, pero tuvo que desistir finalmente por falta de capital, como ya le había ocurrido en otros negocios propuestos por Balboa.
—Los socios fueron tres—continuaba Rina—; ese mal hombre que lo dirigía todo, un señor que vive allá en Méjico, donde están las minas, y papá. Al morir papá, los dos hombres se entendieron, y como forman mayoría jamás me consultan, y hace años que no me envían un centavo. Como me ven sola en el mundo, ¡pobre huérfana! me roban como quieren.
«La Embajadora» ya no dictó cartas á su amiga, considerando más rápido y contundente escribir ella misma á Balboa. Sentía una predilección especial por este asunto que no era suyo. Se imaginó obrar así por el goce altruísta que proporciona el amparo del débil; pero tal vez fué un deseo inconsciente de agredir á aquel hombre que había atravesado su adolescencia, despertándola á la vida sentimental, para seguir después su camino, ignorante de lo que dejaba á sus espaldas. La antigua simpatía era ahora agresividad, por una transformación obscura é incomprensible que había estado elaborándose durante muchos años.
Las respuestas frías y corteses que el ingeniero envió desde Madrid la irritaron aún más contra él. Creyó leer entre líneas su verdadero pensamiento: «¿Por qué se mezcla usted, señora, en asuntos que ni son suyos ni puede entender?... Estos negocios son para hombres.»
El tal Balboa le pareció un verdadero europeo; mejor dicho, un «latino», de los que no conceden otra superioridad á las mujeres que las de la elegancia y la seducción amorosa, negándoles toda ingerencia en los asuntos de la vida civil.
—Yo arreglaré tu negocio—dijo à Rina con amenazadora energía—. Ese hombre no me conoce. Cree sin duda que aún soy la niña que vió en Monterrey. Iremos á Madrid si es necesario.
Ella quería que fuese necesario. Empezaba á encontrar algo molesta su vida en París. En aquellos días dos hombres la acosaban con sus pretensiones matrimoniales: uno tímido, buenazo y tenaz, que la seguía desde América, colocándose silenciosamente ante su paso; otro excesivamente atrevido, que pretendía acompañarla á todas partes y esperaba una ocasión propicia para comprometerla ó para vencer su voluntad. Necesitaba alejarse por algún tiempo de estos dos pegajosos adversarios de su viudez; despistarlos para que la dejasen gozar tranquila su independencia.
Después de haber escrito al «mal hombre» varias cartas de estilo cada vez más ácido, mostrando una incomprensión hostil para las explicaciones y justificaciones enviadas por Balboa, una mañana, al levantarse, anunció á su compañera que saldrían al día siguiente para España.