—He soñado que estábamos en Madrid. Me gustaría admirar una vez más los Velázquez; ver mujeres con mantilla y peineta, hombres con capa, bailadoras. ¿Por qué no ir?... Vamos á darle una sorpresa á tu «mal hombre». Yo me entenderé con él, y te aseguro que pronto tendrás dinero.
Dió unas semanas de asueto á su doncella francesa para que visitase á su familia, y allí estaban las dos, en el salón de Ricardo Balboa, convertido en gabinete de trabajo, sentadas en hondos sillones, frente á la mesa ocupada por el ingeniero.
Éste, después de los saludos y una breve alusión á Monterrey, así como á los lejanos tiempos en que se habían conocido, abordó con fría agresividad el asunto que motivaba aquella visita.
Fué dejándose dominar Balboa por la indignación de los tímidos que tiemblan antes del suceso esperado con inquietud, y cuando llega lo miran de frente, sin miedo alguno, por haber perdido ya para ellos el misterio de lo incierto.
Tenía al fin ante sus ojos aquella señora que le escribía desde lejos, duramente, tratándolo casi como á un ladrón. La iba á decir muchas verdades... Y fué exponiendo, con la tolerancia un tanto desdeñosa del que da explicaciones á gentes testarudas y de limitada mentalidad, la historia de las famosas minas, objeto de la cuestión.
Las tales minas estaban enclavadas cerca de la frontera de los Estados Unidos, en uno de los lugares menos civilizados de Méjico. Los indios llamados yaquis, que viven una existencia independiente, interviniendo en la vida mejicana sólo para batirse en sus revoluciones, habían perturbado muchas veces los trabajos de esta explotación. Pero de todos modos, las minas, aunque con frecuentes paralizaciones, habían sido trabajadas al principio, dando algunas ganancias. Esto había sido mientras estuvo sometida aquella tierra al gobierno dictatorial de Porfirio Díaz.
—No había libertad pero había orden—siguió diciendo el ingeniero—, y se podía trabajar en aquel país. Los extranjeros estaban defendidos por un poder que tal vez era duro, pero representaba una garantía... Después no ha habido libertad ni orden.
Y mirando fijamente á «la Embajadora», que le escuchaba con rostro impasible, estirando el labio superior y pretendiendo turbarle con la fijeza de sus ojos, continuó sus explicaciones.
Había empezado allá una revolución de numerosos y complicados episodios que duraba más de diez años y cuyo término nadie alcanzaba á ver todavía en el presento momento. Desde sus principios había sido una revolución social. Muchos propietarios se veían despojados de sus tierras, sus edificios y sus minas. Simples jornaleros del campo se convertían en generales ó pasaban á ser altos personajes políticos.
—Un capataz de nuestra mina que conoció mucho el padre de esta señorita es hoy general de división y acampa, con su enorme sombrero y su carabina en la rodilla seguido de una horda de jinetes, sobre los terrenos de nuestra propiedad. El socio que tenemos en la capital de Méjico intentó al principio hacer valer nuestros derechos y quiso ir allá. Luego desistió, é hizo bien, pues dicho viaje representa un suicidio. El tal general explota actualmente nuestra mina á su modo; esto es, vende la plata y se queda con el producto. La mina, según parece, ya no es nuestra; es del país. El general la ha «nacionalizado», palabra aprendida por él en la fraseología revolucionaria. La usa repetidas veces en una carta que se dignó enviarnos, con la delectación que sienten los mestizos por toda locución nueva y rara. La tal nacionalización consiste simplemente en haberse quedado con la mina que nosotros trabajamos, invirtiendo en ella nuestros capitales. Además, nos anuncia que exterminará á todo amigo de «la tiranía pasada» que pretenda recuperar lo que es del pueblo. Todo esto se lo he dicho, señora, en mis cartas, pero como usted no parece dispuesta á darme crédito, le puedo enseñar numerosas pruebas.