Empezaba Ricardo Balboa á extraer de sus cartones aquel fajo de papeles, cuando se vió detenido en su intento de lectura por la voz amable y la sonrisa de Concha Ceballos.
Se acordaba de su padre en aquel momento, y tenía la certidumbre de haberle oído elogiar muchas veces la probidad del ingeniero español. ¡Y ella había ofendido con tanta ligereza á un hombre simpático y digno de respeto!...
Miró de reojo á su acompañante. Esta Rina loca tenía la culpa de todo. La había desorientado con sus cuentos, haciéndola ser injusta.
—Me parece muy largo de leer—dijo con dulzura, señalando el legajo—, y será mejor que nos enteremos de ello más despacio. Su hijo tendrá la bondad de traernos los papeles al hotel.
Y extremando el acento benevolente de su voz y la amabilidad de su sonrisa, continuó:
—Hablemos de cosas más agradables. No somos enemigos ni vamos á devorarnos. Viéndose acaban por entenderse las personas de buena voluntad. Acordémonos un poco de cuando nos conocimos, allá en California. ¡Qué de cosas han pasado desde entonces!...
III
Donde se dice quién fué la reina Calafia y cómo gobernó su ínsula llamada California
A las nueve de la noche se presentaron en casa de Balboa don Antonio, su esposa y su hija, y la conversación en la sala de trabajo giró inmediatamente sobre la visita de mediodía.
Mostraba el ingeniero un orgullo de vencedor al recordar con qué amabilidad se había despedido de él «la Embajadora», después de tantas cartas amenazantes, y de su entrada silenciosa y hostil, como si se preparase para un combate.
—A estas señoras de genio fuerte—dijo con petulancia—hay que hablarlas con energía, para que se convenzan de que no inspiran miedo. Además, bien mirado, es una mujer adorable.