Aprobó el catedrático con gestos y palabras lo dicho por su amigo.

—La creo noble y buena como la reina Calafia. Esta tarde, por curiosidad, he vuelto á leer su historia.

Todos acogieron con extrañeza tal nombre. Doña Amparo, que admiraba y menospreciaba al mismo tiempo á su esposo, creyendo en su ciencia y en su falta de habilidad para enriquecer á la familia, fué la que mostró menos interés por el origen de tal apodo. Algún cuento raro de los que buscaba el catedrático en los libros antiguos.

Pero éste, después de enviar á su esposa una sonrisa irónica y protectora, dejó de verla, para concentrar su atención en los otros oyentes, que le merecían mayor interés. Y para relatar la historia de la reina Calafia, empezó hablando de la noble villa de Medina del Campo, que durante siglos había sido el principal centro de contratación de las dos Castillas.

Anualmente se celebraba en ella una feria, á la que acudían los mercaderes de España y Portugal y los traficantes judíos de todas las naciones del Occidente europeo. De este mercado famoso durante la Edad Media sólo quedaba en Medina del Campo el melancólico recuerdo de sus extinguidas riquezas y una vasta plaza que había sido durante siglos una especie de Bolsa internacional. Otra curiosidad de la villa castellana era el castillo de la Mota, ahora ruinoso, donde murió, según la tradición, Isabel la Católica, la reina del descubrimiento de América, y estuvo preso César Borgia, el hijo del pontífice que consagró dicho descubrimiento.

En los años que Cristóbal Colón vagabundeaba por España, solicitando apoyo para emprender sus viajes en busca de las Indias por el lado de Occidente, vivía en Medina del Campo un soldado viejo al que sus convecinos habían elegido regidor.

Este hombre, llamado Garci Ordóñez de Moltalvo, entretenía sus ocios de veterano escribiendo novelas. Sus funciones pacíficas de magistrado municipal no le proporcionaban otras batallas que las verbales sostenidas con mercaderes venidos á la feria desde países lejanos y en conflicto con el gobierno de la villa por el pago de derechos; pero al quedar solo, se consolaba de la monotonía de su pacífico retiro describiendo prodigiosos combates y aventuras nunca vistas.

Él modificó y agrandó el famoso Amadís de Gaula, dando á esta novela caballeresca la forma definitiva con que fué admirada durante más de un siglo por los lectores del mundo cristiano. Luego, queriendo prolongar dicho libro, cuya paternidad sólo le correspondía á medias, produjo otro, todo de su pluma: Las sergas de Esplandián.

Don Antonio, al mirar á sus oyentes, creyó necesario añadir:

—Serga es una palabra antigua que significa hazaña, y Esplandián fué un joven esforzado, célebre por su heroísmo y su hermosura, hijo de Amadís de Gaula. Como todos los caballeros andantes, tenía un sobrenombre. Por algo Don Quijote necesitó añadirse el apodo de «Caballero de la Triste Figura». Moltalvo, al hablar de Esplandián, le llama unas veces el «Caballero de la Gran Serpiente», y otras, para mayor brevedad, el «Caballero Serpentino».