Mascaró creía ver al novelista de Medina del Campo paseándose por el sobrio y duro paisaje castellano, meseta escasa en cursos de agua y extremadamente fría ó ardorosa, según la estación. Con el poder imaginativo de los inventores de historias, creaba Moltalvo en este ambiente árido los panoramas más portentosos y los hechos más inauditos.

Había ocurrido en su juventud un suceso desconsolante para la cristiandad, la toma de Constantinopla por los turcos, y con la delectación del progenitor literario que goza reproduciendo los sucesos no como fueron en la realidad, sino como debieron ser con arreglo á sus gustos, dedicaba la última parte de Las sergas de Esplandián á describir el gran asedio que ponían todos los pueblos de Asia á la antigua Bizancio, y cómo su emperador, ayudado por el Caballero de la Gran Serpiente y su padre el noble Amadís, aplastaba la gran alianza de los enemigos de Dios.

Radiaro, soldán de Liquia, escudo y amparo de la ley pagana, con el apoyo de otros soberanos musulmanes, enemigos crueles de los cristianos, emprendía el asedio de Constantinopla. Todos los monarcas de un Asia misteriosa, imaginada por el regidor de Medina del Campo, acudían al llamamiento del soldán. Pero en vano lanzaban sus hordas innumerables contra los muros de la ciudad. Amadís de Gaula, que por sus heroicas aventuras había llegado á ser rey de la Gran Bretaña, junto con el rey Lisuarte, el rey Perión y otros monarcas no menos fabulosos y de nombres sonoros, se encargaba de su defensa.

El soldán de Liquia y el soldán de Halapa dudaban ya del buen éxito de su asedio, cuando les llegó un aliado con valiosos auxilios capaces de cambiar el curso de la guerra.

Y el novelista describía minuciosamente cómo «á la diestra mano de las Indias, muy llegada á la parte del Paraíso Terrenal», había una isla ó ínsula llamada California, poblada únicamente por mujeres algo negras y que no toleraban la existencia entre ellas de ningún varón, siendo su estilo de vivir semejante al de las antiguas amazonas.

Tenían valientes cuerpos, grandes fuerzas y firmes y ardorosos corazones. La ínsula era la más abundante en riscos y bravas peñas que en el mundo podía hallarse. Las armas de las californianas estaban fabricadas de oro todas ellas, y también las guarniciones de las fieras bestias en que cabalgaban después de haberlas amansado, pues en toda la isla no había metal de otra clase. Moraban en cuevas bien labradas, tenían muchos navíos, sobre los cuales partían á otras tierras á realizar sus cabalgadas, y los hombres que hacían prisioneros los llevaban con ellas á su isla para ciertos fines, matándolos después.

El catedrático, al llegar á este punto de su relato, miró con cierta inquietud á Consuelito y luego á su esposa. No se atrevía á repetir en presencia de su hija las mismas palabras del viejo novelista. Pero aunque la joven parecía escucharle, miraba con insistencia á Florestán, como si implorase de éste menos atención al relato de su padre y que volviese los ojos hacia ella.

Suplió don Antonio con varios parpadeos la obscuridad de sus explicaciones y continuó el relato.

—Cuando á consecuencia de estos raptos de hombres las valientes californianas conocían la maternidad, si tenían hija la guardaban, y si varón, inmediatamente era muerto. De este modo no aumentaba en su país el número de los hombres, y éstos eran tan pocos mientras llegaba el momento de su muerte, que las amazonas no podían temer la preponderancia dominadora del sexo contrario. Por la gran aspereza de la isla, abundaban en ella los grifos más que en ninguna otra parte del mundo.

También al llegar aquí tuvo Mascaró por oportuna una explicación suplementaria. Doña Amparo le miraba con ojos interrogantes.