—¿Qué grifos son esos?...
De este animal inventado por la superstición habían hablado mucho los poetas de la antigüedad y de la Edad Media, sin que nadie llegase á ver uno solo. Tenía cuerpo de león, cabeza y alas de águila, orejas de caballo; pero sobre el cuello, en vez de crines, ostentaba una cresta hecha de aletas iguales á las de los peces. El lomo y las alas eran de plumas duras como el hierro. Originario de la India, sentía un amor singular por el oro y buscaba con predilección, para hacer sus nidos, los lugares abundantes en depósitos auríferos. Por eso la antigüedad le suponía destinado á la defensa de los templos, á causa de los tesoros guardados en sus altares.
Muchos viajeros cristianos que visitaron el Oriente durante la Edad Media, y estaban predispuestos á ver cosas maravillosas, pretendían haber encontrado la llamada «Ave Grifo». Era, según su testimonio, más grande que ocho leones juntos y podía elevar un buey ó un caballo por los aires. Las uñas de sus enormes garras servían para fabricar cosas preciosas, y con sus plumas se hacían arcos y flechas invencibles. La hembra del grifo, en vez de poner huevos, depositaba á veces en sus nidos grandes montones de plata. En el tesoro del emperador Carlos V existía una copa famosa hecha con una uña de grifo; pero después se descubrió que era simplemente un cuerno de rinoceronte.
Cuando los grifos tenían hijos, las californianas, cubiertas de cueros gruesos para defenderse de las garras y picos de las hembras, registraban sus nidos, llevándose las crías á sus cuevas. Luego cebaban á los pequeños grifones con los hombres que habían hecho esclavos en sus correrías, ó con los niños de las mujeres del país, educándolos con tal arte, que acababan por conocerlas y no les hacían daño alguno. Pero cualquier varón que entraba en la ínsula, al momento era muerto y comido por los grifos; pues aunque estuviesen hartos, no por eso dejaban de tomar entre sus garras á los hombres y llevarlos volando hasta las nubes, para dejarlos caer y que se aplastasen en las peñas.
Esta ínsula, donde no había otro metal que el oro y cuyas costas eran interminables criaderos de perlas, estaba gobernada por una reina, llamada Calafia, muy grande de cuerpo, muy hermosa, menos obscura de color que sus amazonas, de floreciente edad, valerosa en sus esfuerzos y ardides y pronta á realizar sus altos pensamientos.
Habiendo oído decir que todos los reinos vecinos marchaban contra los cristianos, y deseosa de ver el mundo y sus diversas generaciones, animó á sus amazonas para marchar á esta guerra. Todas la oyeron con entusiasmo, encontrando monótono y triste pasar sus días metidas en una ínsula, sin fama y sin gloria, como los animales brutos.
Mandó la reina Calafia abastecer su gran flota de viandas y de armas, todas de oro, y arreglar la mayor fusta de las suyas, cubriendo esta nave con una especie de red de gruesos maderos, que servía de jaula á quinientos grifos, criados y cebados desde pequeños con carne de hombre. También hizo meter en las otras naves las bestias en que cabalgaban las valerosas californianas, y que eran diversas animalías, como tigres, leones, panteras, etc., todas amaestradas, lo mismo que si fuesen caballos.
Don Antonio hizo una pausa para descansar; pero como estaba acostumbrado á las explicaciones de cátedra, y además parecía deleitarse en su propia facundia, no tardó á seguir su relato.
—Llegó al campo pagano la flota de la ínsula California cuando el gran soldán de Liquia y el soldán de Halapa estaban más tristes, después de un sangriento choque con los defensores de Constantinopla, que había resultado infructuoso.
La reina Calafia pidió á sus aliados que la dejasen combatir sola con su gente, mientras los turcos permanecerían ocultos en su campamento, y los dos monarcas accedieron á su petición. A la mañana siguiente, la reina bajó de su nave y acto seguido los escuadrones de amazonas se extendieron por la playa.