Todas llevaban armaduras de oro sembradas de piedras preciosas, pues en California eran éstas tan abundantes y comunes como en otros países los guijarros del campo. Mandó la soberana abrir la puerta de la fusta donde venían los grifos, y éstos salieron con mucha prisa, mostrando gran gusto al poder volar libremente después del encierro del viaje.

Estos animales eran la artillería gruesa del ejército californiano. Como no les habían dado de comer durante la travesía, se arrojaron rugiendo de hambre sobre los hombres que ocupaban las murallas de la ciudad. Muchas saetas les tiraron, grandes golpes les dieron con lanzas y espadas, pero sus plumas eran tantas, tan juntas y recias, que no pudieron llegar á tocarles la carne.

Los turcos, inactivos en su campamento por mandato de Calafia, al ver á estas bestias ir y venir por lo alto llevando en las garras ó en el pico á un cristiano, daban tales voces y alaridos de placer que horadaban con ellos el cielo. Los defensores de la ciudad gemían de cólera sobre las murallas al contemplar cómo los grifos se llevaban hasta las nubes, devorándolos, al padre, al hijo ó al amigo. Cuando estos monstruos se cansaban de sus presas, dejándolas caer en la tierra ó en el mar, volvían sin ningún temor á las murallas para apoderarse de otros cristianos, y fué tal el espanto de los defensores, que los más huyeron al interior de la ciudad, quedando únicamente los que habían podido refugiarse en las bóvedas de las torres.

Viendo esto la reina Calafia gritó á los dos soldanes que ya podían avanzar sus gentes para la toma de Constantinopla, y los paganos, aplicando muchas escalas al muro, subieron sobre él. Pero los grifos ya habían soltado los cristianos que llevaban en las garras, y viendo á los turcos, que eran hombres como los otros, cayeron sobre ellos y los arrebataron igualmente hasta las nubes para dejarlos caer, haciendo en ellos gran matanza.

La alegría de los sitiadores se trocó en desorden, y más que en luchar con los sitiados, tuvieron que pensar en defenderse de las bestias traídas por Calafia. Al enterarse de esto los cristianos salieron del refugio de sus bóvedas é hicieron gran matanza en los infieles, echándolos abajo de la muralla. Luego se refugiaron otra vez en sus bóvedas viendo que volvían los grifos.

Triste la reina Calafia por este error de sus bestias, que no sabían distinguir á los aliados de los enemigos, atacando á todos los hombres en general, aconsejó á los soldanes la retirada de sus gentes, mandando luego á las californianas que realizasen ellas solas el asalto, pues los grifos las respetarían. Se apearon entonces las amazonas de sus fieras animalías para avanzar contra los muros. Llegaban sobre sus pechos unas medias calaveras de pescado que las cubrían una parte del cuerpo, y eran tan duras que ningún arma las podía pasar. Las piernas, el tronco y los brazos los tenían forrados de oro.

Con mucha ligereza subieron las amazonas por sus escalas, y en lo alto de la muralla empezaron á pelear reciamente con los de las bóvedas. Pero éstos, aprovechando la estrechez de su refugio, se defendían con braveza, y los que andaban abajo por la ciudad tiraban á las mujeres con saetas y dardos, y como las tomaban por los lados y las armaduras de oro eran flacas, herían á muchas de ellas. Mientras tanto, los grifos revolaban inactivos sobre las californianas, con la atracción de su presencia, pero sin ver cerca hombres á quienes hacer presa.

Calafia creyó oportuno que los turcos acudiesen en apoyo de sus guerreras, y dijo á los dos soldanes: «Haced subir vuestras compañías sin miedo alguno, que mis mujeres serán defensa contra las aves mías, pues no las osan nunca acometer.»

Pero cuando los grifos vieron las huestes de hombres que escalaban la muralla para unirse á las californianas, se trabaron con ellos tan rabiosamente como si en todo el día no hubiesen comido. En vano las belicosas hembras les amenazaban con sus alfanjes de oro. A pesar de sus amenazas y sus gritos sacaban de entre ellas á los hombres, y subiéndolos á enorme altura los dejaban caer para que muriesen.

Fué tan grande el espanto de los paganos, que bajaron de la muralla más apresuradamente que habían subido, refugiándose en sus reales. Calafia, que vió cómo este desastre ya no era de posible remedio, hizo acudir á los que tenían el cargo y la guardia de los grifos, para que los llamasen y encerrasen en su fusta. Subidos los guardianes sobre la jaula de la nave, los llamaron á grandes voces en su lenguaje, y lo mismo que humanas personas fueron acudiendo los grifos para meterse humildemente bajo los barrotes.