El novelista Montalvo, conocedor fidedigno de todos los sucesos de este asedio, por las revelaciones que le hizo la gran sabidora Urganda la Desconocida y también el eminente Maestro Elisabat, seguía describiendo en su libro los combates ocurridos diariamente ante los muros de Constantinopla, después del fracaso de los grifos. El emperador, con sus «diez mil de á caballo», acudía á los lugares donde atacaban más reciamente los sitiadores, y de éstos los más temibles eran Calafia y sus mujeres.
Avanzaba la reina, incansable y de enormes fuerzas, blandiendo una lanza muy dura pero que acababa por romper, tantos eran los enemigos que iba matando. Entonces echaba mano á su alfanje, que era á modo de un cuchillo, con el hierro de más de un palmo de ancho, y degollaba caballeros á centenares ó los dejaba mal heridos, metiéndose tan denodadamente entre las masas de adversarios, que nadie podía creer que fuese una hembra. Todos los paladines enemigos la buscaban, considerando su vencimiento como la mayor gloria que podían obtener.
A veces eran tantos los que la atacaban y tales los golpes recibidos por ella, que se veía en mortales aprietos; pero una hermana suya, llamada Liota, acudía en su auxilio como una leona rabiosa, sacándola de entre los caballeros que la abrumaban con sus cuchilladas.
Cansados los monarcas paganos de este asedio inútil, acudieron á un procedimiento usual en las guerras de la Edad Media y frecuentemente mencionado en las novelas caballerescas. Como el soldán de Liquia y la reina Calafia tuvieran noticias de que estaban en la ciudad Amadís de Gaula y su hijo Esplandián, decidieron enviarles un cartel de desafío para batirse con ambos en singular batalla, quedando los vencidos en sujeción y obediencia á los vencedores.
Este cartel de reto lo llevó á la ciudad una californiana, obscura y hermosa, con ricos atavíos y montada en una bestia fiera. Aceptaron los dos paladines el reto, y al volver la doncella al campamento de las amazonas se hizo lenguas de la belleza del Caballero Serpentino, al que había visto de pie junto al trono de su noble padre Amadís.
—Dígote ¡oh reina!—afirmó la doncella—que nunca los pasados ni los presentes, ni aun creo los por venir, vieron un mancebo tan hermoso y apuesto. Si fuese de nuestra ley, habría motivo para creer que nuestros dioses lo hicieron con sus manos.
Quedó tan impresionada la reina Calafia por estos informes, que decidió ir en persona á la ciudad para conocer de cerca á los dos paladines con los que iban á reñir ella y el soldán Radiaro pocos días después. Pasó toda la noche metida en su nave, pensando si iría con armas ó sin armas á esta visita, y al fin determinó que en hábito de mujer, por ser más honesto.
Y cuando el alba vino se levantó y le dieron unos paños para vestirse, todos de oro, con muchas piedras preciosas. Su cabeza la tocó con un gran volumen de muchas vueltas, á manera de turbante, todo él igualmente de oro, sembrado de piedras de gran valor. Trajéronle luego una animalía en que cabalgase, la más extraña que nunca se conoció.
El catedrático esforzaba su memoria para hacerla ver á sus oyentes con arreglo á la descripción del novelista castellano.
Tenía las orejas tamañas como dos adargas, la frente ancha y un ojo solamente, pero que brillaba como un espejo. Las ventanas de sus narices eran muy grandes y el rostro corto y tan romo que no le quedaba ningún hocico. Salían de su boca dos colmillos hacia arriba, cada uno de más de dos palmos. Su color era amarilla y tenía sembrados por su cuerpo muchos redondeles morados, á la manera de las onzas. Era de mayor tamaño que un dromedario, sus patas estaban hendidas como las de un buey, corría tan fieramente como el viento, andaba con ligereza por los riscos, y se tenía sobre ellos como las cabras montesas. Su comer consistía en dátiles, higos y pasas, siendo muy hermosa de ancas así como de costados y pecho.