Sobre esta animalía se puso la hermosa reina y dos mil mujeres de las suyas le dieron escolta, vestidas de ricos paños y cabalgando en bestias no menos extrañas. En derredor de Calafia marchaban á pie veinte doncellas, asimismo vestidas con riqueza, sosteniéndole las haldas, que arrastraban por el suelo más de cuatro brazas.
Con este atavío llegó adonde la esperaban los monarcas defensores de la ciudad, y al ver á Esplandián junto á los tronos de su padre el rey Amadís y su abuelo el rey Lisuarte, se dijo:
«¡Mis dioses! ¿qué es esto? Ahora digo que he visto lo que nunca se verá semejante.»
Y al mirar el Caballero Serpentino con sus graciosos ojos el hermoso rostro de la reina, ella sintió que estos rayos salidos de la resplandeciente belleza del mancebo la atravesaban el corazón.
Nunca había sido vencida por la fuerza de las armas, pero en presencia del hermoso paladín se sintió tan ablandada y quebrantada como si anduviese entre mazos de hierro. Ella no podía batirse con él. Le faltarían fuerzas para levantar la espada sobre su bello rostro. Se declaraba vencida de antemano. Sería el valiente Radiaro, soldán de Liquia, el que pelease con el Caballero de la Gran Serpiente. La reina de California se reservaba medir sus armas con el noble Amadís.
El famoso encuentro de los cuatro héroes se realizó al día siguiente.
Amadís y Calafia se arrojaron con tal ímpetu el uno contra el otro, que inmediatamente quebraron sus lanzas. Entonces, el héroe, con un pedazo del arma rota, se limitó á defenderse, golpeando la cabeza de la amazona.
—¿En tan poco tienes mi esfuerzo que pretendes vencerme á palos?—protestó Calafia.
—Reina—contestó el paladín—, yo vivo para servir y ayudar á las mujeres, y si pusiera mis armas en ti, que eres mujer, merecería que se olvidasen todas mis hazañas pasadas.
Tal consideración sólo sirvió para irritar más á la amazona, que deseaba ser tratada como un hombre, y empuñando su ancho alfanje con ambas manos menudeó los golpes mortales contra Amadís. Pero éste con su palo la hizo caer al suelo finalmente, obligándola á declararse vencida. Al mismo tiempo Esplandián había rendido al valeroso monarca pagano, haciéndolo su prisionero.