Después de esta doble derrota quedó terminada la guerra y levantado el sitio de la ciudad. Calafia se mostraba contenta de su vencimiento porque esto le permitía vivir cerca del Caballero Serpentino, viéndolo á todas horas. Como decía Montalvo, estaba presa de dos maneras, de cuerpo y de corazón, pues la tenía cautiva la gran hermosura del joven Esplandián.
Siendo ella tan gran señora de tierras y gentes, con una abundancia de oro y piedras preciosas en su ínsula como no podía encontrarse en el resto del mundo, no era extraordinario que pensase en hacer su esposo al hijo de Amadís. Hasta quería convertirse al cristianismo, para mayor facilidad de esta unión. Pero Esplandián vivía enamorado desde muchos años antes de la gentil Leonorina, hija del emperador de Constantinopla; y éste y su esposa, después del triunfo sobre los paganos, renunciaron á su trono, retirándose á un monasterio.
El Caballero de la Gran Serpiente y Leonorina se casaron, pasando á ser emperadores, y la reina Calafia, terror de los hombres en las batallas, lloró de pena como una pobre mujer.
No quiso regresar á sus estados de California, y para vivir cerca del emperador Esplandián prefirió casarse con un primo de éste, obscuro caballero comparado con el hermoso héroe.
—Esta novela—continuó el catedrático—, aunque se publicó por primera vez en 1510, la escribía el regidor de Medina del Campo allá por 1492, cuando los Reyes Católicos tomaron á Granada, y Colón, ayudado por los Pinzones, empezaba á preparar su primer viaje á las Indias. Resulta de esto que la California fué inventada sobre el papel por un novelista de Castilla un poco antes de que las naves españolas descubriesen las primeras islas de la actual América.
Durante siglo y medio, los llamados «libros de caballerías» fueron la lectura favorita de los pueblos cristianos. En España, los hombres de armas y los hombres de letras buscaban por igual dichas novelas. Con sus aventuras inverosímiles entretenían y halagaban el entusiasmo de un pueblo de soldados y navegantes, que veía abrirse á sus heroicas iniciativas un mundo recién descubierto y se mostraba ávido de repetir en la realidad todo lo que parecía irrealizable.
—El libro de Cervantes—continuó el catedrático—, que fué un golpe mortal para la novela caballeresca, no se publicó hasta cien años después de haber aparecido Las sergas de Esplandián. Los conquistadores españoles fueron grandes aficionados á las novelas caballerescas. Tan frecuente era su lectura en las llamadas Indias Occidentales, que el emperador Carlos V prohibió por real cédula la importación de tales libros en sus Estados del otro lado del Océano, declarándolos obras perniciosas.
Los españoles recién instalados en el Nuevo Mundo pretendían repetir en estas tierras de misterio las mismas hazañas de los protagonistas de las novelas caballerescas. Esperaban encontrar todos los días ciudades encantadas, tesoros enormes. El último reyezuelo indio les parecía un gran emperador.
Cuando Hernán Cortés conquistó la meseta central de Méjico y pudo llegar á las riberas del Pacífico, se sintió atraído por el secreto de este mar descubierto años antes por Núñez de Balboa en la costa de Panamá.
Muchas de las riquezas adquiridas en su conquista las fué perdiendo en navegaciones por el Pacífico. Improvisó arsenales en la costa del misterioso océano, llamado entonces «mar del Sur». Hizo venir de España materiales de construcción naval, que, desembarcados en Veracruz, salvaron enormes montañas y planicies hasta llegar á la otra ribera de Méjico. Con ellos y la madera del país hizo las primeras naves importantes que se crearon en América, dedicándolas á la exploración de las costas desconocidas.