Los navegantes enviados por Cortés hacia el Norte creyeron descubrir una gran isla. Era la península llamada ahora Baja California. El piloto Fortún Jiménez, primer descubridor de la «isla», murió trágicamente, como la mayor parte de su tripulación, asesinados todos por los indios.
Fueron precisos nuevos viajes por el mar cerrado que se llamó luego «golfo de las Perlas», «seno Californio» y «mar de Cortés», para que los navegantes se convenciesen de que éste no era un mar libre, y que la tal «isla», bautizada al principio con el nombre de Santa Cruz, resultaba en realidad una península. El mismo Hernán Cortés se embarcó con cien soldados en la costa occidental de Méjico para explorar la «isla» misteriosa, y él fué quien cambió su nombre.
La novela de Montalvo, publicada á continuación de Amadís de Gaula, había obtenido enorme éxito. El volumen de Las sergas de Esplandián andaba en manos de los descubridores españoles de mar y tierra. Hernán Cortés, antiguo estudiante de la Universidad de Salamanca, era gran aficionado á leer novelas, y si se terciaba la ocasión sabía escribir versos. Vió un mar abundante en perlas, vió costas que eran pródigas en oro, según revelaciones de los indígenas, é igualmente debió descubrir desde su nave algunas indias de alta estatura, con arcos y lanzas, lo mismo que las amazonas. No necesitó más para acordarse de la reina Calafia, dando el nombre del rico país gobernado por la enamorada de Esplandián á la «isla» de Santa Cruz, que había dejado de ser isla.
De este modo se llamó California la península mejicana que es ahora la Baja California, pasando su nombre por extensión á la tierra inmediata, ó Alta California, que pertenece á los Estados Unidos.
—Así fué—continuó el catedrático—como algún tiempo antes de ser descubierta América inventó el nombre de California un novelista de la meseta central de España, que fué soldado en muchas guerras, pero tal vez murió sin haber visto nunca el mar.
IV
En el que se prosigue la historia de California y se cuenta la vida de la Santa de las Castañuelas
Mascaró siguió hablando.
—Los españoles tardaron dos siglos en colonizar la Alta California, después de haberla descubierto geográficamente. Buscaban oro y piedras preciosas, ni más ni menos que todos los exploradores de entonces, fuese cual fuese su nacionalidad. Navegando en barcos pequeños y conociendo mal las costas y los vientos, lo que hacía interminables los viajes, es absurdo exigirles que fuesen en busca de vulgares artículos de comercio. Éstos empezaron á transportarse de un hemisferio á otro con los modernos adelantos de la navegación, cuando los buques fueron enormes. Si los descubridores arriesgaban su vida, era con la esperanza de enriquecerse en poco tiempo, cargando sus pequeñas naves de objetos valiosos y escasos en volumen, como son los metales.
Los navegantes franceses é ingleses de entonces, ya que no podían buscar oro en unas tierras que pertenecían á los españoles por haberlas descubierto, se dedicaron simplemente al saqueo de las nacientes colonias de América que pillaban descuidadas, ó á robar los cargamentos de las naves que volvían á Europa.
—Poseer oro fué el único deseo de las gentes de entonces (si es que no lo es también de las gentes de ahora), y resulta absurdo querer juzgar sus actos con arreglo á los sentimientos y conveniencias de nuestra época. Si los españoles fueron odiados en aquellos tiempos, lo debieron únicamente á ser los poseedores de las tierras auríferas, envidiadas por los otros.