El catedrático habló de las expediciones salidas de Méjico por tierra en busca de las fabulosas Siete Ciudades de Cibola y del reino mítico de Quivira. El conquistador Coronado creía encontrar estas ciudades de oro en donde están hoy los Estados de Nuevo Méjico y Arizona, apartándose de California.

Un piloto valeroso, Juan Rodríguez Cabrillo, por orden del virrey de Méjico, se lanzó á navegar siguiendo la costa del Pacífico hacia el Norte. Él fué quien descubrió el litoral de la Alta California y el primer hombre blanco que pisó su suelo. En esta penosa navegación ancló muy cerca del Golden Gate, la llamada «Puerta de Oro», que da entrada á la bahía de San Francisco. Pero no la descubrió ni tuvo el menor indicio de tan seguro refugio.

Murió Cabrillo en plena exploración y fué enterrado por los suyos en la costa de California. Su segundo, llamado Ferrelo, siguió navegando hacia el Norte, pero la falta de víveres le hizo volver á Méjico en 1543. Se había explorado con esto toda la costa de la actual California, pero sin encontrar la bahía de San Francisco.

—Treinta y seis años después—continuó Mascaró—, el famoso pirata Drake, luego de haber penetrado en el Pacífico por el estrecho de Magallanes para saquear varias de las colonias españolas nacientes, se remontó hacia el Norte y fué el segundo en visitar la costa californiana. Para la carena de su barco se detuvo en un fondeadero á unas cuantas millas de la bahía de San Francisco; pero «tampoco la vió», emprendiendo luego el regreso á su patria, dando la vuelta al mundo. No fué extraordinario que los españoles dejasen olvidada esta costa luego de haberla descubierto. Su imperio colonial era tan extenso, que ahora parece acción maravillosa cómo pudieron gobernarlo, aunque fuese defectuosamente, y poblarlo de gente blanca desde tan lejos, teniendo que luchar con los enormes obstáculos de la distancia y las deficiencias de la navegación en aquellos tiempos.

Al fin el gobierno de España se vió obligado á acordarse de la olvidada California y la buscó de nuevo, no con el fin de encontrar oro, sino para establecer un punto de comunicación con los archipiélagos asiáticos.

Magallanes había descubierto las islas Filipinas, y como el principal motivo de los viajes de Colón fué establecer un comercio con las Indias Orientales, productoras de la especiería, España convirtió al archipiélago filipino en depósito de productos asiáticos, yendo á buscarlos por Occidente en flotas que salían del puerto mejicano de Acapulco con rumbo á Manila y hacían el mismo viaje de regreso.

En este viaje de vuelta, las expediciones navegaban siempre por el hemisferio Norte y los vientos las traían frente á la costa de California, siguiendo después su ruta hacia el Sur. Necesitaba la marina española un puerto en dicha costa para su refugio y para hacer en él las reparaciones inevitables después de la enorme travesía del Pacífico. Pero los exploradores enviados por el virrey de Méjico buscaron este puerto sin hallarlo.

—Fué una ironía del destino—continuó don Antonio—que todas las exploraciones del litoral de California fuesen para encontrar un puerto seguro, y existiendo la bahía de San Francisco, que es uno de los más grandes del mundo, ningún navegante dió con él durante dos siglos, siendo tantos y tantos los que pasaron y volvieron á pasar ante su boca... Y cuando al fin fué encontrada la bahía de San Francisco, este descubrimiento se hizo por tierra y lo realizó un capitán de caballería.

El piloto Vizcaíno, comisionado por el conde de Monterrey, iba en busca del puerto de refugio en California, después de otros viajes de sus colegas Gali y Cermeño. Él dió sus nombres españoles actuales de santos y santas á muchos cabos, islas y ríos del litoral, y al fin creyó encontrar el puerto deseado en un fondeadero abierto que llamó Monterrey, en honor del gobernante que había organizado su expedición.

Navegando luego hacia el Norte, llegó á pocas millas de la bahía de San Francisco, y «tampoco la descubrió»... Unas veces las neblinas, y otras la maligna casualidad, hicieron que los buques no viesen nunca su entrada, por quedar ésta debajo de la línea del horizonte. Cuando Drake carenó su buque á treinta millas de la Puerta de Oro, le hubiera bastado á uno de sus marineros subir á una cumbre cualquiera de la costa para descubrir esta bahía enorme. Pero una influencia misteriosa parecía burlarse de los hombres de mar, reservando el importante descubrimiento á un soldado de tierra, que lo hizo sin desearlo.