Durante ciento sesenta años, España, que tenía tan vastos y ricos territorios que gobernar, no se preocupó de la abandonada y silenciosa California. Las naos que volvían de Filipinas se limitaban á tocar en las inmediaciones del cabo Mendocino, punta avanzada del litoral californiano, continuando desde allí su viaje hacia Acapulco, último término de su navegación.
Pero Inglaterra había fundado sus colonias en la costa americana del Atlántico, Francia ocupaba el Misisipí, y por el lado del Pacífico iba descendiendo desde el Norte la exploración rusa. Bering, pasando el estrecho que lleva su nombre, se había establecido en Alaska, haciendo nacer una América rusa. El Imperio de los zares deseaba su parte en el Nuevo Mundo, y descontento de las tierras que poseía en él, dormidas la mayor parte del año bajo las nieves, iba avanzando poco á poco, atraído por los esplendores de la América tropical, proponiéndose no parar hasta la frontera de Méjico.
España comprendió que para tener segura la Alta California, que sólo era española geográficamente, debía ocuparla y colonizarla.
—Fué esto en tiempos de Carlos III—siguió diciendo Mascaró—, cuando un grupo de españoles ilustrados hacía renacer las energías y la cultura del país, modernizando sus leyes y costumbres. Entonces aparecieron los Gálvez, grandes americanistas de peluca blanca. El principal de esta familia, el que fundó su prosperidad y sirvió de apoyo á los otros, fué don José de Gálvez, un abogado de Vélez Málaga, hijo de labradores. Se iniciaba entonces el movimiento civil que acabó produciendo la Revolución francesa. Los enciclopedistas influían desde París en el pensamiento de todo el continente. Eran los letrados los que empezaban á gobernar los pueblos, sustituyendo á los hombres de espada y á la antigua nobleza. Ser abogado conducía fácilmente al Consejo de los reyes. Don José de Gálvez hizo esta misma carrera, y de simple abogado en Madrid, acabó por ser consejero del rey de España en los asuntos de América y ministro de sus colonias.
A su hermano don Matías, hombre sencillo, desinteresado y probo, como pocas veces se había visto en la administración colonial, lo hizo gobernador de Guatemala, y al hijo de éste, llamado don Bernardo de Gálvez, militar de pocos años, que había obtenido por su valor en las guerras de Europa el grado de general de brigada, le procuró el gobierno de la Luisiana, que España había recobrado poco antes por un acuerdo con Francia.
—Este don Bernardo de Gálvez, caudillo que por su juventud y sus victorias recuerda á los generales de la Revolución francesa, es un héroe injustamente olvidado por los Estados Unidos, tal vez porque fué español. No hay niño en las escuelas norteamericanas que ignore el nombre de Lafayette; en cambio puedo hacer sin miedo la apuesta de que entre los ciento veinte millones de seres que pueblan los Estados Unidos no existen tal vez doscientos que se acuerden de quién fué don Bernardo de Gálvez.
Y Mascaró contaba rápidamente las campañas y triunfos de este general de veintitrés años.
España, aliada con Francia, protegía abiertamente á las colonias de América sublevadas contra Inglaterra para obtener su independencia. El puerto de La Habana servía de base y refugio á las escuadras francesa y española que se batían con la marina británica y sorprendían sus convoyes, ayudando de este modo por mar á los nuevos Estados de América. Don Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana, residía en Nueva Orleáns, y siguiendo las órdenes del gobierno de Madrid, entraba en guerra con los ingleses que ocupaban La Florida.
Su padre don Matías de Gálvez, gobernador de Guatemala, los había batido en Honduras con los escasos medios que tenía á su disposición, improvisando un pequeño ejército de negros, indios y blancos aventureros. Tal era su éxito, que á pesar de ser un funcionario civil, el gobierno español acababa por darle el grado de general.
Fué su hijo, el joven gobernador de la Luisiana, quien mostró una extraordinaria capacidad militar. Con otro ejército improvisado, en el que sólo figuraban doscientos veteranos españoles, salió de Nueva Orleáns para ayudar á los americanos, distrayendo y atacando las fuerzas británicas. Tomó por sorpresa varios fuertes de La Florida, y luego de transportar su artillería en lanchas por el Misisipí, sitió á Baton Rouge, obligando á su guarnición á rendirse. En poco tiempo dominó el territorio de los indios Chactas, cuyos caciques acataron al joven vencedor, uniéndose á él para combatir á los ingleses.