Al año siguiente, 1780, llevó la guerra á La Florida occidental, partiendo de La Habana, que le servía de base de operaciones, con un ejército de soldados venidos de España. Después de grandes dificultades en su desembarco, se apoderó de la ciudad de Mobila y tomó luego á Panzacola, que era la capital de La Florida para los ingleses.
En esta victoria Gálvez fué herido en el vientre y en el pecho, pero su juventud y su vigor salvaron su existencia. El gobierno de Madrid lo hizo general de división, dándole además el título de conde por sus victorias, y se escribieron varios poemas en honor del caudillo. Pero hoy no hay quien se acuerde de este general de veintitrés años que expulsó á los ingleses de La Florida durante la guerra de la independencia de los Estados Unidos y ayudó con sus campañas al triunfo de los americanos. En toda la inmensa República de la Unión, donde son tantos los monumentos á la gloria de personajes muchas veces olvidados, no existe una estatua ó un simple busto que recuerde al conde de Gálvez, vencedor de Mobila y Panzacola.
Su padre don Matías llegaba á ser virrey de Méjico, viéndose amado por la sencillez de su vida y la moralidad de su administración. Pero una influencia fatal parecía pesar sobre los Gálvez de América, sostenidos desde Madrid por el abogado, ministro de Indias. Don Matías murió en Méjico antes de cumplirse el primer año de su virreynato, y fué nombrado para sucederle su hijo el general. El pueblo mejicano recibió con entusiasmo á este caudillo que era el más joven de sus virreyes y tenía el prestigio militar de sus victorias. Además vivía sencillamente, como un soldado, mostrándose en público sin acompañamiento, conversando en las fiestas populares con la gente más humilde. Pero también murió al año de ser virrey, lo mismo que su padre, de una rápida y misteriosa enfermedad que le consumió en pocos días. Y como esto resultaba inexplicable en un hombre joven y vigoroso, la gente dió en decir que había muerto envenenado...
—Pero volvamos al abogado Gálvez, el jefe de esta familia de «americanistas». Antes de llegar á ministro de las Colonias, don José de Gálvez había sido enviado á Méjico (la llamada Nueva España) con el título de Visitador, para que examinase de cerca el modo de poblar y civilizar el Norte de los dominios españoles, cortando el avance ruso. El Visitador se estableció en el puerto de San Blas, frente á la Baja California, preparando personalmente la segunda exploración de la Alta California y su colonización definitiva. Para que esta colonización tuviese una base firme se necesitaba un puerto, y otra vez se volvió á hablar de Monterrey, bahía olvidada durante siglo y medio, desde que el viejo capitán Vizcaíno la descubrió. Quedaba en Méjico un recuerdo legendario de Monterrey. Vizcaíno y sus hombres, impresionados por la abundancia y variedad de animales salvajes que podían cazarse en los bosques cercanos, habían intentado regresar á este fondeadero para establecer en él una colonia. Pero el navegante murió antes de que llegase de España la autorización real, retardándose con esto ciento sesenta años la civilización del país.
Había que buscar por tierra el puerto de Monterrey. Dos paquebotes construídos por Gálvez en la costa de Sonora, navegando hacia el Norte, vendrían á juntarse en dicho fondeadero con la expedición terrestre.
Esta expedición iba dirigida por el capitán de caballería don Gaspar de Portolá, gobernador militar de la Baja California. Era un valeroso oficial catalán, que se había batido en las guerras de Italia contra los austriacos, pasando después á Méjico. Como jefe religioso iba el padre Junípero Serra, fraile mallorquín, superior de las Misiones franciscanas en la Baja California. Esta expedición hizo su entrada en San Diego (primer pueblo de la Alta California) á mediados de 1769.
—Cuando los españoles avanzaban por la costa del Pacífico para crear la más famosa de las dos Californias—dijo Mascaró—, empezaba á ser un poco conocido Wáshington en la costa del Atlántico y faltaban pocos años para que empezase la guerra de la Independencia americana.
El padre Serra, que había emprendido esta aventura evangélica á pesar de su ancianidad, quedó enfermo en San Diego de Alcalá, cerca de la actual frontera de Méjico, y el capitán de dragones, jefe militar y civil de la expedición, siguió adelante con su tropa, su caballada, sus repuestos de víveres llevados por recuas de mulas y una tropa de indígenas de la Baja California proveídos de instrumentos de zapa para abrir camino en las tierras vírgenes.
Parte de los soldados eran españoles de la Península, pertenecientes al batallón de Voluntarios de Cataluña, y el resto jinetes del llamado «Presidio de las Californias», que llevaban por arma defensiva la «cuera», casaca de varios pellejos de venado superpuestos, casi impenetrable á las flechas de los indios, y la «adarga», fabricada con dos pieles crudas de toro, escudo que manejaba el jinete con su brazo izquierdo para defenderse él y su caballo de los golpes. Llevaban también, cayendo á ambos lados de la silla, sobre sus muslos, dos cueros rígidos, llamados «defensas», que les cubrían las piernas para no lastimárselas cuando hacían correr sus caballos entre los matorrales. Esgrimían diestramente sus armas, consistentes en lanza y espada de gran anchura, llevando además una escopeta corta en el arzón. Eran hombres de mucho aguante y sufrimiento en la fatiga, obedientes, resueltos, ágiles, y su jefe Portolá los tenía «por los mayores jinetes del mundo y los soldados que mejor ganaban el pan del augusto monarca al que servían».
Tuvieron que luchar con la tierra y las enfermedades más que contra los hombres. Los indígenas intentaron cerrarles el paso, pero no osaban combatirles resueltamente. Los padecimientos fueron grandes para abrirse camino en esta tierra que por primera vez recibía la huella de los hombres blancos. Además sufrieron mortales enfermedades á causa de la mala alimentación, y las tripulaciones del par de paquebotes que seguían la costa se vieron diezmadas por el escorbuto.