Portolá, con su tropa dividida en dos secciones, marchó y marchó durante varios meses, pues sus jornadas sólo podían ser breves en un suelo tan abrupto.

Al fin, el 2 de Noviembre, al detenerse los exploradores en un altozano, vieron una especie de mar interior del que emergían varias islas y que venía á perderse tierra adentro, formando marismas. La bahía de San Francisco acababa de ser descubierta. Lo que los navegantes no pudieron ver nunca por mar, lo había hallado casualmente un capitán de dragones.

La expedición tuvo que retroceder á su punto de partida, ó sea á San Diego, sin haber encontrado el puerto de Monterrey, ni á la ida ni á la vuelta. Al avanzar hacia el Norte, lo dejó á su izquierda, sin darse cuenta de ello. De regreso, no creyó necesario Portolá entretenerse buscando el fondeadero descubierto por Vizcaíno siglo y medio antes. Él había hallado algo mejor.

—Me imagino lo que debió decir el capitán de Gerona al juntarse con el padre Serra en San Diego: «No he encontrado Monterrey, pero en cambio traigo un puerto como no hay otro en el mundo.» Y como Gálvez había autorizado al padre Serra para dar el nombre de San Francisco de Asís, patrón de su Orden, al lugar que considerase más importante entre todos los descubiertos por la expedición, decidió el fraile que la hermosa bahía se llamase para siempre San Francisco.

Mascaró siguió contando el resto de la vida de don Gaspar de Portolá. Su misión había terminado, y como eran otros los que debían colonizar las tierras exploradas por él, volvió á su comandancia de la Baja California. El gobierno lo hizo teniente coronel por esta expedición y gobernador de Guadalajara, en Méjico. Luego regresó á España, llegando á coronel de un regimiento de coraceros que guarnecía Aranjuez, donde estaba la corte. Y allí murió en 1806, dos años antes de la invasión de España por Napoleón.

—Tal vez se acordó muy de tarde en tarde de aquella bahía enorme contemplada desde una altura y á la que volvió la espalda para no verla más. ¿Cómo podía adivinar que iba á fundarse allí la ciudad más grande del Pacífico, una de las más famosas de la tierra, cincuenta años después de su muerte, y que esto inmortalizaría su nombre?

El coronel Portolá se fué del mundo sin sospechar que sería célebre, más célebre que muchos conquistadores de la época heroica que realizaron hazañas inauditas, pero tuvieron la mala suerte de descubrir tierras de América que hoy arrastran una vida decadente ó están completamente olvidadas. Los nombres de estos héroes son cada vez más obscuros, según se va hundiendo el país que descubrieron y colonizaron. En cambio, el nombre de Portolá, descubridor de San Francisco, va unido al de una metrópoli cuyo crecimiento parece ilimitado.

—Algún día—dijo Mascaró—, el núcleo vital de la civilización humana, que fué pasando de Asia á Europa, y ahora empieza á trasladarse de Europa á América, saltará á las grandes islas del Pacífico y al Extremo Oriente, siguiendo su movimiento orbital. Y entonces San Francisco será el heredero de París, de Londres, de Nueva York.

Describió el catedrático la organización del nuevo territorio. Se fundaban en él cuatro presidios: Monterrey, San Francisco, San Diego y Santa Bárbara.

Al notar la extrañeza de alguno de sus oyentes, se apresuró á añadir: