—Presidio, en español, significa «lugar fortificado», lugar con guarnición. Así se entendió siempre, hasta hace un siglo. Pero al ser enviados delincuentes á nuestros presidios de África, ó sea á las plazas fortificadas que tenemos allá, la gente empezó á usar «presidio» como sinónimo de cárcel ó penal.

Se fundaban tres pueblos, uno de ellos «Nuestra Señora la Reina de los Angeles», aglomeración de chozas en torno á una humilde iglesia franciscana, que servía de núcleo á la moderna y hermosa ciudad de Los Angeles. Luego, los frailes, bajo la dirección ferviente de Junípero Serra, creaban veintiuna Misiones, á una jornada de distancia entre ellas, cordón de pequeños conventos con aldeas de indios adjuntas, que se extendía desde San Diego de Alcalá, junto á la actual frontera de Méjico, hasta más arriba de San Francisco.

El catedrático había contemplado la estatua colosal de este civilizador evangélico en el parque de la Puerta de Oro, el paseo más hermoso de la gran ciudad californiana. Las Misiones fundadas por el padre Serra habían educado á los indios con más desinterés que las antiguas Misiones jesuíticas del Paraguay, limitándose á su obra instructiva, sin soñar con la constitución de un Estado teocrático.

Muchos de estos frailes eran nacidos en las orillas del Mediterráneo, como el mallorquín que los dirigía, y pretendieron repetir sobre la fértil tierra californiana los jardines del Levante español. El naranjo creció por primera vez en esta parte de América, como en los huertos de Mallorca y de Valencia.

—Los primitivos maestros de los cultivadores californianos, célebres ahora en el mundo entero—siguió diciendo Mascaró—, fueron los frailes venidos de España. Esta colonización es la única de toda América que no se vió precedida por guerras y derramamientos de sangre. Los misioneros tuvieron que luchar mucho con el espíritu receloso, burlón y astuto de los indios de California; pero lentamente, gracias á sus lecciones de agricultura y de medicina y á otras ventajas de la cultura aportada por ellos, acabaron los discípulos del padre Serra por atraerse á las tribus errantes, instalándolas en torno á sus fundaciones.

Esta Arcadia mística y agrícola duró menos de medio siglo y no tuvo tiempo para desarrollar toda su obra civilizadora. Además, una serie de epidemias afligieron á muchas de las Misiones, dispersando ó destruyendo sus nacientes núcleos de población.

Cuando Méjico se declaró independiente, separándose de España, los nuevos gobernantes legislaron desde la capital de un modo uniforme, lo mismo para las ciudades próximas que para las Misiones remotas, sin pensar que éstas vivían más lejos de su gobierno que Méjico vivía de Europa. Los decretos de secularización dieron fin á los días pastorales de las Misiones. Éstas fueron disueltas; los frailes se marcharon; los indios se esparcieron, volviendo los más de ellos á la barbarie, y las iglesias franciscanas fueron derrumbándose, hasta convertirse en tristes y pintorescas ruinas.

Quedaron como únicos señores del país y representantes de la civilización blanca los dueños de «haciendas» y «ranchos», los caballeros de origen español, hijos ó nietos de empleados y militares, y pasaron muchos años de paz y obscuridad sobre la tierra explorada por el capitán Portolá.

La República de Méjico, viviendo entre incesantes revueltas, enviaba gobernadores á California, pero las más de las veces, al llegar éstos á su destino, después de un viaje de muchas semanas, ya no existía el gobierno que los había nombrado. La autoridad de Méjico era puramente nominal. Los vecinos acomodados de Monterrey y los «rancheros» de las antiguas Misiones llevaban una existencia en realidad independiente, gobernándose por sí mismos, con arreglo á las costumbres.

Al ocurrir en 1846 la guerra entre Méjico y los Estados Unidos, un comodoro norteamericano echaba á tierra su gente en Monterrey, izando la bandera de su República sin encontrar obstáculos. Los californianos que habían vivido alejados de Méjico no se creyeron en la obligación de oponer una desesperada resistencia.