Poco después ocurrió en esta tierra uno de los sucesos más ruidosos del siglo XIX. Siempre habían circulado vagos rumores de que la California era un país abundantísimo en oro. Estas noticias ya legendarias databan de siglos. Los primeros conquistadores españoles las habían conocido, guiándose por ellas en las soledades del llamado Nuevo Méjico y de Arizona. Pero durante doscientos años, los que avanzaron á través de las belicosas tribus de apaches y navajos, y los navegantes exploradores de la costa californiana, jamás obtuvieron una pepita del precioso metal. Dos años después de haberse apoderado de Alta California la República de los Estados Unidos, ocurrió por obra de la casualidad, y con la sorpresa ruidosa de un golpe teatral, el descubrimiento ansiado.
—Todo en California—continuó el catedrático—fué obra del azar. Los pilotos españoles que exploraban la costa en demanda de un puerto pasaron y repasaron, durante dos siglos, frente á uno de los más grandes del mundo sin verlo nunca, y su descubrimiento fué obra de un soldado terrestre que no lo buscaba. Hernán Cortés, y otros después de él, perdieron su fortuna y algunos de ellos su vida buscando un oro del que hablaban los indígenas en sus cuentos, y que nunca pudieron encontrar. Y cuando al fin la casualidad descubrió la riqueza aurífera de dicho suelo, éste ya no pertenecía á España.
Don Antonio hacía consideraciones sobre la fecha del descubrimiento del oro en California. Si tal hallazgo lo hubiese realizado siglos antes cualquiera de los exploradores marítimos, la codicia y el espíritu de aventura habrían aglomerado la gente blanca en California, constituyéndose una colonia fuerte y numerosa, como en Méjico, en Perú y otros lugares de la antigua América española. En tal caso no habría bastado el desembarco de un simple comodoro en el fondeadero de Monterrey para adueñarse del país.
—Los Estados Unidos—añadió Mascaró—habrían tropezado con otra República de Méjico establecida al Oeste, en lo que son hoy sus Estados del Pacífico, como hoy tropieza con la que tiene al Sur.
Pero la ironía de la Historia guardó oculto el oro californiano en el curso de doscientos años de tenaz rebusca, para no mostrarlo hasta después de la fecha en que la marina de los Estados Unidos se apoderó de Monterrey, ganosa de adquirir un puerto en el Pacífico.
Fué en 1848 cuando Sutter, un oficial suizo que había servido á los reyes de Francia, emigrando luego á California al ocurrir la caída de los Borbones, descubrió cierta cantidad de oro al abrir un nuevo canal para su pequeño molino cerca del río Sacramento. Nunca se conoció una noticia de efecto tan instantáneo y enorme. En pocos días se despoblaron las ciudades, las aldeas, los «ranchos» de California, y hasta se desbandó en parte el pequeño ejército de ocupación enviado por los Estados Unidos. Todos querían ser mineros, esparciéndose por montes y valles en busca de oro. Antes de que terminase el año habían llegado miles y miles de hombres procedentes del Estado de Oregón, del vecino Méjico y del lejano Chile.
Al circular las cartas de los primeros mineros por los Estados de la República Unida existentes al otro lado de los montes Alleghanys, ó sea á orillas del Atlántico, la fiebre del oro se apoderó de los ciudadanos yankis. Hasta entonces este metal había sido únicamente de España. Ahora les llegaba su vez á los Estados Unidos de la América del Norte, y el regalo del destino era enorme, como nunca se había visto en la Historia.
Todos los hombres enérgicos y atrevidos de la tierra se lanzaron hacia este nuevo Eldorado, más positivo y seguro que el de las leyendas de la conquista española. Hubo semana que desembarcaron diez mil inmigrantes en las playas de California. La bahía descubierta por el capitán Portolá vió llegar buques con toda clase de banderas que derramaban en sus orillas aventureros de diversos colores, hablando todos los idiomas.
Las dificultades geográficas para llegar á este país, que parecían insuperables hasta poco antes, fueron vencidas por el alud humano. California pertenecía á los Estados Unidos, pero esta República tenía concentrada su vida á orillas del Atlántico, y sus habitantes, para llegar á la ribera del Pacífico, necesitaban atravesar toda la anchura de la América del Norte, casi inexplorada, con tribus belicosas que oponían una resistencia sangrienta al avance del hombre blanco.
—Hace setenta años nada más—dijo Mascaró—, donde hoy existen ciudades que asombran por sus gigantescos edificios, el indio errante clavaba su tienda de cuero y se erguía orgulloso mirando las cabelleras de enemigos que adornaban su cintura.