—Y Rezanov no volvió nunca... Concha Argüello esperó más de treinta años, sin recibir noticias suyas. Huyeron de ella la frescura y el regocijo de la juventud. Luego perdió completamente su belleza. Fué una mujer avejentada por el dolor, seca y dura por las privaciones de la austeridad, pero nunca olvidó al hombre blanco, rubio y grande que había pasado por su vida como un personaje novelesco. Sólo había llenado con su presencia diez días de la historia de ella, pero estos días pesaban más y emitían mayor luz que todo lo que llevaba vivido... Tardó treinta y seis años en saber que su novio había muerto pocos meses después de separarse de ella. Le creyó por tanto tiempo infiel y olvidadizo, esperando vagamente su arrepentimiento y su vuelta... Y el otro no era mas que un cadáver, luego un esqueleto, y finalmente un montón de huesos, que poco á poco iba disgregándose en el seno de la tierra.

El romántico personaje había desembarcado en la costa de Siberia, emprendiendo su viaje á través de la Rusia asiática. Una caída de caballo le hizo morir repentinamente en Ojotsk, pequeña ciudad perdida entre las nieves, que es ahora una estación del ferrocarril Transiberiano.

Lansdorff, el sabio alemán que iba en la Juno, visitó al año siguiente su tumba, y escribió un libro sobre la expedición, contando entre otras cosas la novelesca historia de Rezanov y Concha Argüello, hija del gobernador del Presidio de San Francisco.

Esta historia de amor fué muy leída, y el público de Europa conoció la verdad muchísimos años antes que la principal interesada. Todos sabían la muerte del chambelán Rezanov cuando iba camino de San Petersburgo para pedir á su emperador licencia de casamiento; todos menos Conchita, la californiana de las castañuelas, que seguía esperándole.

San Francisco era entonces el último rincón de la tierra. Sólo algún buque explorador podía llegar á sus aguas desiertas. Ningún libro de Europa osaba emprender tan inaudito viaje.

—¡Nunca volverá!—se dijo al fin Concha.

Sus padres habían muerto. Su hermano era gobernador de San Francisco, pero nombrado por la nueva República de Méjico.

La alegre criolla ya no bailaba. Era una mujer que había perdido la juventud, dedicando ahora sus días á la educación de los niños pobres y al cuidado de los enfermos.

Como en la olvidada California no existían aún conventos de mujeres, ella vivía en libertad; unas veces con la familia de su hermano, otras en la casa de antiguos amigos de su padre; pero su existencia era ascética, y había ingresado en la Tercera Orden de San Francisco para vestir su hábito negro.

Las gentes la admiraban por sus privaciones voluntarias y la abnegación con que atendía á los desgraciados. Tal vez la antigua muchacha del fuerte de San Joaquín, al verse á solas, se entretenía en repiquetear los olvidados crótalos, evocando de este modo la imagen de aquellos diez días que habían sido su verdadera existencia, y por eso la gente la llamaba «la Santa de las Castañuelas».