Treinta y seis años después que la Juno levó anclas alojándose de San Francisco, ó sea cuando Concha Argüello tenía ya cincuenta y uno de edad, llegó á California un personaje inglés, Sir Jorge Simpson, que hacía un viaje por tierra alrededor del mundo.
Esto ocurrió en 1842. Los habitantes de la antigua Misión de Santa Bárbara le dieron un banquete, pues no era suceso ordinario el paso por aquella tierra de un viajero de tal importancia. Y como no hubo en la población quien dejase de asistir á dicha fiesta, Simpson se fijó en una especie de monja que había acudido contra su voluntad, llevada por la familia en cuya casa vivía.
Algunos vecinos le contaron su historia. Era la hija del antiguo gobernador español de San Francisco, y había esperado durante toda su existencia á un novio ruso que se fué y no volvió.
El inglés había leído el libro de Lansdorff al publicarse en 1814, y se maravilló viendo en la realidad á la heroína de aquella antigua historia de amor. Pero su asombro fué en aumento al darse cuenta de que esta mujer, después de transcurridos treinta y seis años, todavía ignoraba la muerte de su novio, creyéndole casado con otra ó simplemente olvidado de ella.
Fué Sir Jorge quien le contó cómo Rezanov había fallecido á las pocas semanas de su partida de San Francisco, quedando para siempre bajo un bloque de piedra en un cementerio siberiano.
Diez años después, al establecerse en California el primer convento de monjas dominicas, Concha tomó el hábito, cambiando su nombre por el de María Dominga, y murió en 1857.
—Esta es la historia de la Santa de las Castañuelas, que pasó la mayor parte de su existencia mirando el mar solitario de California, sintiendo en su alma el vaivén de la confianza y el desaliento, igual al ir y venir de las olas; llorando unas veces la infidelidad y el olvido del ausente, creyendo en otros momentos que iba á llegar, cuando los centinelas del fuerte anunciaban una vela en el horizonte... ¡Y el hombre esperado durante tantos años había muerto!... ¡Y ella no lo supo hasta los últimos tiempos de su vida; una vida compuesta de diez días de amor y treinta y seis años de espera!
V
«¿Qué hace usted aquí?... El mundo es grande.»
Cuando la esposa de Mascaró comparaba á Consuelito con muchas señoritas de su misma edad que ella llamaba desdeñosamente «modernistas», los méritos de su hija le inspiraban una satisfacción sólo comparable al escándalo y el menosprecio que le infundían las otras.
—¡Qué niñas las de ahora!—decía—. Parecen huir de sus madres, como si las odiasen. Muchas quieren ir solas por las calles, lo mismo que gitanas. No saben mas que bailar y bailar, como si fuesen del teatro; llevan el pelo cortado, igual que los antiguos pajes, y fuman en público con los muchachos que las acompañan á los tés y los dancing. ¡Si esto se hubiese visto cuando yo era soltera é iba á todas partes con mamá!... ¡Cómo gobernarán su hogar esas mujeres cuando se casen, si es que con tal educación pueden pensar en casarse!...