El catedrático sonreía con una expresión tolerante.
—La juventud es la juventud, mujer. Déjalas que bailen ahora; ya se encargará el tiempo de hacerles ver las cosas más seriamente.
Doña Amparo acogía con un silencio hostil estas afirmaciones de su esposo, tocado igualmente, según ella, de aquel «modernismo» execrable. En tales momentos era cuando Mascaró la veía de pronto como iluminada por una nueva luz cruda y acusadora de sus defectos, desvaneciéndose las envolturas engañosas con que parecían embellecerla los recuerdos del pasado.
Hacía memoria don Antonio de sus ojos de abertura prolongada y triangular, unos ojos en forma de almendra, así como de la llena esbeltez de sus miembros, en la época juvenil. Ahora sus párpados se habían achicado, dando á los bellos ojos de otros tiempos una redondez bovina. Como ocurre con frecuencia á las beldades de tez morena, el vello sutil de su labio superior se había robustecido, convirtiéndose en ligero bigote, que ella procuraba disimular bajo una pródiga aplicación de polvos de arroz, sacando con frecuencia la borla de su bolso de mano.
Hablaba con orgullo de la estrechez de su talle y se mantenía fiel á los corsés de su juventud, llevando la cintura muy ceñida para que se marcasen mejor las rotundidades del pecho y de los flancos; «un cuerpo de guitarra», como decía el marido. Otro recuerdo de su juventud era la afición á los peinados altos, abundantes en rizos superpuestos, y á los sombreros pesados y pródigos en flores, que parecían un coronamiento indispensable del soberbio edificio de sus cabellos, naturales y artificiales.
En la mirada de Mascaró al contemplarla tal como era, pasados los cuarenta años, había una mezcla contradictoria de tolerancia, tierno compañerismo é ironía. Recordando su noviazgo con esta belleza de la costa de Levante, murmuraba en su interior: «¡Y pensar que la dediqué tantos versos y quise matar por celos á un teniente que pretendía casarse con ella!»
Cuando doña Amparo no comparaba á su Consuelito con las otras jóvenes, parecía sentir menos entusiasmo por sus cualidades. Lamentábase muchas veces de su ingratitud, como lo hacen las madres que se suponen pospuestas en el cariño de sus hijas.
—Quiere á su padre más que á mí. Los dos se entienden para dejarme á un lado.
Indudablemente, Consuelito, como la mayoría de las muchachas de su edad, empezaba á conocer confusamente el sentimentalismo del sexo admirando á su padre, como si adivinase á través de su persona al hombre misterioso que le reservaba el porvenir. Aparte de esto, la señorita Mascaró mostraba por don Antonio la tierna conmiseración que inspiran las víctimas de la injusticia, y siempre que surgía alguna desavenencia entre sus progenitores, por instinto, y antes de conocer los detalles del asunto, se mostraba partidaria de su padre.
Además, esta joven, que por haber crecido entre libros mostraba cierta afición á las lecturas que ella llamaba «serias», seguía con interés los estudios de don Antonio, siendo la única en la casa que alababa y respetaba sus obscuros trabajos de profesor. Con la mimosis frecuente en los niños, deseosos de imitar lo que hacen sus mayores, Consuelito quiso dedicarse al estudio de la Historia y la Literatura. Soñó con las glorias del doctorado, y olvidando su juventud y su sexo, se veía á sí misma, imaginariamente, ocupando una cátedra y escuchada con respetuoso silencio por centenares de hombres.