Al terminar sus estudios elementales empezó á cursar el bachillerato, ayudada y protegida por su padre contra las protestas de doña Amparo. Ésta no podía comprender que las mujeres se dedicasen á lo que parece privilegio de los hombres. Para ella, el estudio, lo mismo que la profesión de soldado, de navegante y otras no menos peligrosas, era función varonil.

—Yo no digo que la mujer sea una ignorante. Resulta agradable leer de vez en cuando un libro entretenido y bonito, y tampoco está de más saber escribir una carta. Pero todo eso de grandes libracos y de ciencias es para los hombres. La mujer ha nacido para cuidar la casa y los hijos. Si hace bien eso, no necesita hacer más.

Luego miraba con cierta conmiseración á su esposo, añadiendo:

—Ya tenemos bastante con un sabio. ¡Para lo que sirve la tal sabiduría!

Con lo que ganaba el profesor y lo que producían sus libros de texto no hubiera sido posible satisfacer completamente los gastos de la vida familiar, modesta, pero decorosa y sin apuros pecuniarios. Afortunadamente, los padres de ella la habían dejado, allá en la ciudad natal, unos terrenos como única herencia. Al principio no valían gran cosa; luego las reformas urbanas aumentaron considerablemente su precio, proporcionando á la familia una pequeña fortuna que había completado y afirmado su bienestar.

Terminó Consuelito los estudios del bachillerato é iba á pasar á la Universidad, cuando mostró una repentina indiferencia por sus futuras glorias científicas. Doña Amparo, algo resignada ya á estas aficiones, que establecían mayor intimidad entre el padre y la hija, alejándola á ella como si fuese de una esencia inferior, se mostró agradablemente sorprendida por el tal cambio, que al principio le pareció inexplicable. Luego, gracias á su agudeza femenil, capaz de explicarse muchas cosas que no pueden descubrirse con ayuda de los libros, fué adivinando los sentimientos de la muchacha.

La familia Mascaró vivía unida á otra familia menos completa: la del ingeniero Balboa. Éste, por hallarse falto de mujer, era como ciertos seres complementarios que en la vida marítima se instalan sobre el caparazón de un animal más grande y poderoso y se mueven sin ningún esfuerzo, adheridos á su organismo, cual si formasen parte de él. Como Florestán no tenía madre, había sido atendido en su adolescencia por doña Amparo. El hijo de Balboa frecuentaba la casa de Mascaró con la misma confianza que la suya. La esposa del catedrático, al visitar el domicilio del ingeniero, hablaba familiarmente á sus dos criadas, dándoles consejos é indicaciones, que ellas aceptaban como órdenes.

Florestán tenía dos años más que Consuelito, y esto parecía establecer entre ellos una desigualdad enorme. Trataba á la niña como un superior, esforzando sus explicaciones, cual si la otra no pudiese comprender nada de lo que él decía. Este tono desdeñoso de su compañero de niñez había influído decisivamente en los entusiasmos científicos de la hija de Mascaró. Si quiso estudiar, fué para hacer ver á Florestán que el estudio no es privilegio de los hombres. Y al poco tiempo se dió cuenta de que el joven se mostraba menos desdeñoso con ella, disimulando cierta irritación al ver cómo osaba intervenir en los diálogos de las personas mayores, recibiendo alabanzas del ingeniero Balboa por sus razones discretas y su erudición libresca.

Una rivalidad sorda y tenaz se fué creando entre los dos antiguos camaradas de infancia. Se querían como antes. Florestán la hubiese defendido lo mismo que cuando jugaban en los paseos públicos y Consuelito imploraba su protección. Pero su afecto estaba ahora mezclado con una agresividad celosa, y cada uno procuraba sobrepujar al otro, gozándose en su humillación, sin dejar por ello de buscarse.

Por ser de genio más vivo y palabra más fácil, la hija de Mascaró hacía patentes con mayor franqueza sus sentimientos. Hablaba de Florestán como de un tirano al que era preciso derribar. Si el joven anunciaba con orgullo su próximo ingreso en la Escuela de Ingenieros, ella le hacía saber que al año siguiente entraría en la Universidad. Él iba á poseer un título para agujerear la corteza terrestre en busca de metales; figuraría como un ingeniero más entre muchísimos otros, mientras que ella tal vez llegase á ser una profesora célebre, una mujer excepcional, lo mismo que ciertas damas españolas de otros siglos, recordadas por su padre al fomentar sus aficiones, que habían ocupado cátedras en las universidades.