Influenciado Florestán por esta envidiosa emulación, no se dió cuenta de las modificaciones que iba realizando la pubertad en su hostil amiga. Dejó de ser una niña angulosa y algo amuchachada. Toda ella pareció adquirir una suavidad de terciopelo, dulcificándose el brillo de sus ojos, el timbre de su voz, la naciente redondez de sus miembros, el contacto de su piel.
Doña Amparo, que durante su infancia la había juzgado muy parecida al padre, reconociendo con cierto orgullo esta falta de hermosura como un testimonio de fidelidad conyugal, empezó á creer que Consuelito sería lo mismo que ella en los tiempos que conoció á su esposo, cuando su belleza no había sufrido aún las maduras exageraciones de un estío violento. Tenía la misma brevedad, aristocrática y española, de pies y manos. La madre lamentaba que los corsés actuales, ó la ausencia de corsé, que también era de moda, no permitiesen á su hija lucir el estrecho talle heredado de ella, que había sido la gloria de su juventud.
Al inquietarse Mascaró por la melancolía de Consuelito y su repentina indiferencia ante los problemas históricos, doña Amparo sonrió con orgullo. Ella estaba mejor enterada de ciertas cosas que su marido el sabio.
—Yo sé lo que tiene... Lo sé tal vez mejor que ella misma.
Como ya no hablaba de sus estudios y parecía haberlos abandonado, cesaron sus querellas con Florestán. La joven acogía ahora en silencio sus petulancias de estudiante, y si hablaba, era para admirar todo lo que él dijese. Vencido el hijo de Balboa por esta mansedumbre melancólica, empezó también á mostrarse menos locuaz. Se miraban silenciosos al sentarse juntos, cuando los Mascaró iban de visita por la noche á la casa del ingeniero.
Florestán inventó pretextos para frecuentar más que antes la vivienda del catedrático. Doña Amparo, con maternal complacencia, delegaba algunas veces sus funciones en el joven, rogándole que acompañase á Consuelito cuando ella no podía salir á la calle.
—Tú eres como de la familia. Os queréis desde pequeños, y nadie puede hablar si os encuentra juntos.
Al verse á solas con su hija, la esposa de Mascaró iba diciendo con la gravedad del que cree repetir las mayores enseñanzas de la experiencia:
—Es ahora cuando sigues tu verdadera vocación. Para una mujer, lo más importante consiste en encontrar al hombre que merezca ser su compañero por todo el resto de su vida. Nuestra única carrera es casarse. Lo demás son «modernismos» y cosas raras, buenas para las extranjeras.
Sintiéronse empujados los dos jóvenes por la complicidad tácita y sonriente de sus familias. El ingeniero Balboa los miraba durante las veladas con sus ojos dulces de enfermo, y esta contemplación parecía disipar su tristeza. Mascaró, que era franco en sus afectos y no gustaba, como su esposa, de precauciones y pequeñas astucias, dejó escapar un día su pensamiento en forma de palabras.