—Vosotros acabaréis por casaros—dijo á los dos jóvenes—. Indudablemente ya sois novios.
Y como ambos se ruborizasen, añadió bondadosamente:
—Por mí no tengáis miedo. Me parece muy bien. La juventud está para eso en el mundo.
Fué don Antonio el que dió forma concreta y clara á sus sentimientos. Hasta entonces se habían buscado sin darse cuenta del verdadero carácter de esta fuerza atractiva. El catedrático se encargó de dar forma á una declaración que cada uno adivinaba en el otro, sin creer necesario hacerla de viva voz, por haberla aceptado en silencio de antemano. Después de esto se consideraron en noviazgo formal, sintiéndose aprobados y protegidos por las sonrisas y las palabras de sus mayores.
Doña Amparo, con su pragmatismo doméstico, hizo largos cálculos sobre la vida del futuro matrimonio. Florestán aún podía ser rico si su padre no se mezclaba en más negocios de los que habían devorado gran parte de su fortuna. Las minas que guardaba en Méjico podían dar buenos rendimientos sólo con que una calma de varios años cortase las revoluciones frecuentes de aquel país. Además, el joven iba á tener una profesión lucrativa, pues ella consideraba todas las carreras de mayor rendimiento que la de su esposo.
La única contrariedad capaz de turbar esta aprobación amplia y bondadosa dada por doña Amparo al futuro matrimonio, era que Florestán tendría que marcharse tal vez á América por sus negocios, llevándose á su mujer. ¡Separarse de su hija única!... Luego se consolaba pensando que esta ausencia no sería para siempre y otras jóvenes se habían casado en iguales condiciones, volviendo años después, considerablemente enriquecidas, al lado de sus madres. Además, con el optimismo del enfermo que ve en lontananza una operación necesaria y procura no pensar en ella, teniéndola por algo incierto que puede ir demorando, la señora de Mascaró dudaba de este viaje.
—Tal vez no necesite ir allá. ¿Quién sabe las cosas que pueden ocurrir antes?... Lo que importa es que se casen.
Y el noviazgo de los jóvenes fué tranquilo, plácido, sin sobresaltos pasionales, exento de celos.
Consuelito era la que sentía á veces cierta inquietud al oir cómo algunas amigas suyas alababan la hermosura de Florestán. Se consideraba inferior á su novio físicamente, y temía por lo mismo que se lo quitasen. Él seguía sus estudios, prestaba una atención de devoto á los inventos algo quimeráticos de su padre, y las horas libres de ocupación las dedicaba á los deportes, gozando una enérgica voluptuosidad con el cultivo atlético de sus músculos. Su amor por Consuelito era una pasión tranquila, mesurada, regular, semejante á la del marido que está seguro de su mujer.
Se casarían cuando él terminase su carrera. Todo estaba previsto. Nunca se le ocurrió que su novia pudiera sentir predilección por otro hombre. Tampoco conoció los caprichos de la concupiscencia, ni arrebatados deseos de infidelidad. Sobre su vida secreta de muchacho sanote y de lentas pasiones sólo pesaba el pueril remordimiento de unos cuantos actos de curiosidad para conocer directamente el misterio del encuentro sexual, volviendo de ellos con tal indiferencia, que sólo muy de tarde en tarde sentía el deseo de buscar la repetición.