Contaba veinte años é iba á terminar en el curso siguiente su carrera, cuando vió una mañana en la sala de trabajo de su padre aquellas dos señoras extranjeras, una de las cuales era apodada por Mascaró la «reina Calafia». Al otro día de esta visita fué por la mañana al Palace Hotel, para entregar á la señora Douglas el legajo de documentos referente á las minas de Méjico.
Era poco más de mediodía, y tuvo que esperar en el hall. Cerca de la una llegaron la señora Douglas y Rina. Acababan de bajar de su automóvil ante la puerta del hotel, teniendo que abrirse paso entre los curiosos, atraídos por la novedad de ver á una dama guiando su carruaje mecánico.
La presencia de Florestán pareció alegrar á las dos. La viuda, después de haber confiado á su acompañante los papeles del joven, se despojó de su gabán de automovilista, encargando á Rina que subiese ambas cosas á sus habitaciones. No quiso separarse por unos minutos de aquel mocetón que parecía inquieto ante ella y bajaba los ojos, balbuceando, sin atreverse á mirarla otra vez. Temió que aprovechase su ausencia para huir, después de haber cumplido el encargo de su padre.
—Usted se queda á almorzar con nosotras... No diga que no. Le debo este obsequio. No es mas que una compensación insignificante por lo que se ha molestado trayéndonos esos papeles.
Intentó resistirse Florestán con balbuceos y fugitivas sonrisas; pero al fin, no queriendo parecer tímido, aceptó resueltamente. Avisaría por teléfono, para que en su casa no extrañasen esta ausencia.
Durante el almuerzo, la «reina Calafia» fué dándole explicaciones sobre su instalación en Madrid y su modo de vivir. Algunos de sus compatriotas estaban alojados al otro lado del Paseo del Prado, en el Hotel Ritz. Ella iba todas las noches á comer en el Ritz, pues de este modo podía encontrar á muchos amigos suyos, de paso en Madrid, que había conocido en diversos hoteles de Europa. Pero las habitaciones del Palace Hotel eran de mayor amplitud y comodidad. Además, desde las ventanas de este hotel moderno y enorme se disfrutaba la vista más interesante de Madrid.
—Del Ritz sólo se ven las masas de edificios de la ciudad en la otra orilla del Prado. Desde aquí veo la arboleda de los jardines del Retiro: ese pequeño museo que llaman ustedes «el Casón»; á mis pies la fuente de Neptuno, con sus caballos marinos de mármol hundidos en el agua, y lo que más me interesa: encuentro á todas horas, al abrir mis ventanas, el Museo del Prado...
Reconocía que esta última vista siempre era igual y no resultaba extraordinaria: paredes de ladrillo color de rosa y columnas blancas. Pero el tal edificio tenía para ella el interés del muro detrás del cual sabemos que está ocurriendo algo importante. Sentía la satisfacción del que tiene por vecinos á personajes ilustres, aunque los vea de tarde en tarde. Se encontraba mejor en este hotel, porque al levantarse todas las mañanas, lo primero que veía era el palacio rosado y blanco donde esperaban su visita antiguos y venerados amigos: Velázquez, Goya, Ticiano, Rubens.
—Vale la pena de instalarse aquí, cerca de unas gentes tan distinguidas y agradables.
Florestán fué perdiendo su timidez en el resto del almuerzo. Aquella señora, de la que había oído hablar á su padre con inquietud, lo mismo que si representase la llegada de un peligro, le parecía ahora bonachona, familiar, comunicativa, y acabó por conversar con ella sin temor alguno, como si la conociese largo tiempo.