Rina, á pesar de su posición secundaria, le inspiraba menos confianza. Huía sus ojos de los ojos de ella, que le contemplaban con canina devoción. Más que la mudez admirativa de la solterona, le gustaba la afabilidad de la viuda Douglas, una afabilidad de soberana que desea achicarse para evitar inquietudes al que la escucha, inspirándole confianza.

La hermosa californiana pareció interesarse por la vida del joven. Indudablemente tendría novia. Los españoles son de una gran precocidad sentimental. Ella recordaba todas las novelas y romanzas que tienen por base amoríos en España, con gran prodigalidad de claveles, rejas y guitarras. Y Florestán, ruborizándose como si confesase una falta, declaró que tenía novia, pero se abstuvo de dar nuevos detalles.

No preguntaron las dos señoras si era joven y bonita, por parecerles esto axiomático tratándose de un buen mozo, y dieron inmediatamente de lado á la tal novia para seguir ocupándose del joven. Concha Ceballos se fué enterando con creciente interés de su vida y sus aspiraciones. Éstas no parecían ir más allá de sus estudios y sus hazañas en los deportes atléticos.

Poco á poco Florestán pasó á hablar de su pasado. No había conocido á su madre. Sólo guardaba de ella un retrato, tan pequeño y borroso, que no le permitía formarse una imagen exacta de cómo fué.

La viuda Douglas le miró con nuevo interés al escuchar los recuerdos de su infancia, falta de cariño maternal, pasada entre parientes lejanos, con un padre que le amaba mucho, pero siempre estaba ausente, persiguiendo la realización de sus quimeras de inventor. Todo su cariño lo había concentrado en este padre, admirándolo por su talento y compadeciéndole por su falta de éxito en la vida.

—¡Está tan enfermo!... Han dicho los médicos que debemos evitarle toda emoción extraordinaria. Puede vivir muchos años y puede morir fulminantemente en un minuto. Su vida es incierta, como la de todos los enfermos del corazón. Es injusto afligir con preocupaciones é inquietudes á un hombre tan bueno...

El rostro de la reina Calafia reflejó una expresión pasajera de remordimiento. Se acordaba de su agresividad con Balboa, y procuró cambiar el curso de la conversación.

Rina parecía haber olvidado completamente sus cóleras y protestas contra el «mal hombre» de Madrid. Miraba fijamente á Florestán, admirando su juventud; escuchaba su voz como una música marcial, sin saber con certeza lo que decía. Todo el sentimentalismo inútil depositado en ella por largos años de amor insatisfecho se agitaba y hervía en presencia de este joven atleta. Lo admiraba generosamente, sabiendo que su admiración nunca sería comprendida ni agradecida. Los hombres sólo tenían ojos para la viuda porque era millonaria y elegante. Pero gozaba el deleite puro y desinteresado del pobre que celebra las cosas de los otros sabiendo que no las poseerá nunca. Con su imaginación más que con sus sentidos, percibía en el joven un perfume de savia primaveral.

Cuando terminó el almuerzo y Florestán se hubo marchado, ella resumió su admiración en una frase:

—¿Te has fijado, Conchita? Huele á hierba de montaña... huele á agua corriente.