A partir de este almuerzo, el hijo de Ricardo Balboa creyó notar la influencia de una energía centrífuga que tiraba de él, sacándolo de la órbita de su vida ordinaria. Rara era la tarde que aquellas señoras no le hacían abandonar sus estudios ó el paseo habitual con algunos camaradas de la Escuela de Ingenieros. Le llamaban al hotel, recibiéndolo en el salón particular que tenía alquilado la señora Douglas. El deseo de ellas era ir examinando, ayudadas por el joven, aquel paquete de documentos referentes á la mina. Pero el legajo seguía sin abrir sobre una mesa del salón. Apenas llegaba Florestán, las dos sentían una ansia violenta de aire libre, de perspectivas campestres, de arrebatadas velocidades. El automóvil estaba abajo, guardado por el mecánico de la señora Douglas. Florestán debía ser el guía de ellas, enseñándoles los alrededores de Madrid.

Ocupaban Rina y el chófer americano los asientos de atrás, destinados á los señores. La viuda agarraba el volante, y algunas veces, en pleno camino, cambiaba de sitio con el joven, cediéndole su asiento de conductora para enseñarle prácticamente el manejo y particularidades de este vehículo fabricado en los Estados Unidos.

Subieron las tortuosas carreteras que escalan en zigzag las vertientes del Guadarrama; atravesaron los puertos que durante el invierno quedan ocultos bajo los aludes de nieve; se detuvieron en bosques de vegetación alpestre para contemplar á sus pies ciertos valles con pueblos de techumbres obscuras que recuerdan en el corazón de Castilla los paisajes de Suiza; aspiraron al llegar á las cumbres el perfume de la madera resinosa recién partida en los aserraderos. A orillas de los ríos de nieve líquida que cortan las mesetas cubiertas de un moho vegetal, amarillento y fino como el terciopelo, encontraron muchas veces toros bravos de las ganaderías castellanas. Se erguían belicosos al oir el resuello del automóvil y bajaban el testuz con ganas de acometer al animalote metálico que ondeaba en el viento un rabo de humo y otro mucho más largo de polvo.

Algunas noches, á primera hora, se presentaba Florestán en casa de Mascaró, vestido de smoking, traje extraordinario para la familia del catedrático. Venía á excusarse: no le verían hasta el día siguiente. Estaba invitado á comer en el Ritz por aquellas dos señoras, que deseaban agradecerle con tales convites sus servicios de acompañante.

Consuelito mostraba en el primer momento cierta contrariedad. Iba á pasar la velada sin su novio. La casa de don Ricardo Balboa ó la suya le parecían vacías estando aquél ausente. Luego aceptaba su pena con cierto orgullo. Encontraba lógico que aquellas dos extranjeras obsequiasen á Florestán, reconociendo en su persona los mismos méritos admirados por ella.

Doña Amparo sentía su vanidad ligeramente halagada al ver á su futuro yerno vestido con tanta «distinción» é imaginárselo en trato frecuente con las personas importantes que comían en el Ritz. Luego, una inquietud obscura y mal definida le hacía expresarse con tono agresivo:

—Pero esas señoras ¿cuándo se van?... Yo creía que, después de entenderse con Balboa en lo de la mina, ya no les quedaba nada que hacer aquí.

Un día Florestán tiró del catedrático para que le arrastrase igualmente aquella atracción centrífuga que le mantenía á él girando en torno á las dos americanas.

—Don Antonio, esas señoras desean conocerle. Quieren ver Toledo, pero bien visto, con una persona que sepa todo lo antiguo, y yo les he dicho que nadie para eso como usted. Además, la señora Douglas ansía mucho verle desde que supo que ha estado usted en California dando conferencias en aquella Universidad.

Y Mascaró se dejó llevar por el joven. Las amigas de Ricardo Balboa bien podían serlo suyas igualmente.