Mascaró procuraba no verse mientras iba imaginando estas aventuras. Temía cortar de golpe las novelescas excursiones al darse cuenta de su estatura menos que mediana, de su cara morena, en la que empezaban á profundizarse las arrugas, de su pelo de meridional, antes intensamente negro y ahora gris en los aladares de la cabeza, de su aire de señor bonachón que parecía esparcir confianza y tranquilidad ante sus pasos. Él prefería al otro Mascaró que se agitaba en su cerebro como un demonio seductor, enloqueciendo á las mujeres sólo con mirarlas, haciéndolas marchar detrás de sus talones como gozquecillos sumisos, dejando á una para tomar á otra sin misericordia; mozo guapo capaz de meter miedo á la misma Muerte, y que cuando tiraba de revólver hacía huir al rival amoroso ó á las muchedumbres cobrizas, amarillentas ó negras que le salían al paso, sin fijarse en que iba acompañando á una ó varias señoras.
El grave catedrático acababa por reir de sus desenfrenos imaginativos cuando al fin, ahito de ellos, sentía agotada su invención. Pero esta burla á su vida interna era bondadosa y tolerante. Parecía perdonarse á sí mismo con su risa, é igualmente á la mayor parte de los humanos.
«Por suerte—pensaba—, nuestra frente es de hueso y no puede reflejar las imágenes que se agitan detrás de ella. ¡Ay, si fuese como el vidrio del acuario, que deja ver la vida inquieta y nerviosa de los animales que colean y se persiguen al otro lado!...»
Estaba seguro Mascaró de que la vida social no podría durar veinticuatro horas si todos viésemos lo que piensan los demás, si contemplásemos el desarrollo cinematográfico de la imaginación, que trabaja por su cuenta, negándose á obedecernos, y nos crea una segunda vida, sin hacer caso de los escrúpulos de nuestra conciencia. Los hijos no respetarían á sus padres si conociesen todo, absolutamente todo lo que piensan. Los esposos fieles materialmente sentirían asombro al verse tan distanciados y hostiles por los caprichos de la imaginación. Los nietos se asustarían al leer á través de las arrugas frontales del abuelo los desenfrenos de su fantasía. Por eso, cuando las personas de vida austera llegan á una extrema vejez y pierden la disciplina impuesta por la razón, asombran muchas veces por las expresiones desvergonzadas de su locura senil, mostrando una segunda personalidad, ignorada de todos. El hombre de gobierno, el que administra justicia, todos los varones de aspecto grave y palabra severa que son pastores de sus semejantes, ¿en qué situación se verían si su cráneo transparentase los pensamientos desordenados, los deseos monstruosos que cruzan el cerebro como un relámpago, cuando la imaginación vagabundea?...
«Muchos seres tranquilos y de existencia monótona—seguía diciéndose el catedrático—tenemos un harén en nuestro pensamiento y nos refugiamos en él para consolarnos de nuestra vida mediocre. Las mayores aventuras amorosas, las voluptuosidades más inauditas, no han existido tal vez nunca en la realidad. Las inventaron, para su recreo mental y solitario, tranquilos padres de familia.»
Si don Antonio veía á su esposa en mitad de sus aventuras imaginativas, este recuerdo parecía infundirlas un nuevo atractivo. Creía vengarse con tantas infidelidades ilusorias del casero despotismo de doña Amparo. Pero le bastaba recordar á su hija, para que en un momento se viniese abajo todo el tinglado de sus perversidades fantásticas, sufriendo la comezón de la vergüenza y el remordimiento al volver á la realidad.
La escapada imaginativa que había provocado el paso veloz de aquella dama automovilista terminó como muchos otros de sus viajes fantásticos. Vió subir al tranvía una joven que recordaba vagamente á Consuelito, é inmediatamente se sintió empujado fuera de su harén, quedando confuso y arrepentido ante su puerta cerrada.
Había que pensar en otra cosa. Él no podía tener inactivas sus fuerzas mentales, necesitaba entretenerlas en jugueteos imaginativos cuando no realizaba un trabajo serio. Y olvidando primeramente á las señoras que guían automóviles, y luego á todas las mujeres en general, concentró su pensamiento, con la intransigente austeridad del que acaba de arrepentirse, en aquel amigo que iba á visitar.
No recordaba con certeza cuándo se conocieron. Era una amistad casi de la niñez. Los dos habían estudiado juntos el bachillerato.
Mascaró vivía en Madrid á causa del empleo de su padre, pero era un «mediterráneo» nacido en una pequeña ciudad de Levante. Sus primeras impresiones del mundo exterior se las proporcionó la vista de un mar color de turquesa en la mañana, intensamente azul á mediodía, y violeta al atardecer, así como de una costa roja, sin otra vegetación que matorrales leñosos y perfumados; sucesión de montañas ardientes, que parecían beber la luz del sol, transpirándola luego por la porosidad de sus peñas.