El padre de Balboa era un español que había hecho considerable fortuna en Méjico. De su madre se acordaba como de una señora que hablaba con dificultad el castellano y en los momentos de apuro verbal se volvía hacia su esposo para pedirle ayuda en inglés.

Ricardo había nacido en Méjico y frecuentado la escuela de primeras letras en una ciudad fronteriza de los Estados Unidos; pero era español. Su padre, con el patriotismo exacerbado de los que vivieron lejos de su país ansiando volver á él, no admitía ni remotamente la contingencia de que un hijo suyo pudiera tener una nacionalidad distinta. Luego de haberse enriquecido en la explotación de minas, confió éstas á un socio, para retirarse á Madrid. Así Ricardo no sería gringo como su madre, ni tampoco mejicano por haber nacido allá. Quería educarle como español. Mascaró, nacido en una familia pobre, tuvo entrada durante su primera juventud en esta casa de americanos opulentos, donde se gastaba el dinero sin tasa ni prudencia.

Balboa siguió la carrera de ingeniero. Su padre quería que dirigiese más adelante la explotación de sus minas, y procuró evitarle de este modo la tutela de los especialistas extranjeros, con los que había tenido muchas veces que luchar él, hombre de ingenio natural, pero falto de estudios. Mascaró, llevado de sus aficiones literarias y necesitando una carrera para vivir, siguió la de Letras, con el propósito de dedicarse al profesorado.

Se fué Ricardo á Méjico una vez terminados sus estudios, y su amigo dejó de visitar la casa de los americanos. Siendo catedrático en una universidad de provincia, supo que el padre de Balboa había muerto. La viuda se marchó á América, no sintiéndose ya ligada á un país sin interés para ella.

Transcurrieron varios años... más de doce. Mascaró había hecho ya la mayor parte de su carrera, llegando finalmente á ser catedrático en Madrid. Un colega suyo de California, con el que mantenía asidua correspondencia, le procuró una serie de lecciones en la Universidad de Berkeley sobre los dramaturgos españoles del siglo de oro, y al desembarcar en Nueva York, camino de San Francisco, se encontró con Balboa, que habitaba el mismo hotel.

La vida de su compañero de adolescencia había sido más agitada que la suya. Aún era rico, comparado con él, pero había experimentado grandes pérdidas en su fortuna. Las minas de Méjico que enriquecieron á su padre eran ahora menos productivas. Además, el ingeniero vivía bajo la influencia del demonio absorbente de la invención, y todos sus descubrimientos industriales, así como sus tentativas para generalizar los inventos de los otros, se resolvían finalmente en la realidad con enormes pérdidas.

Se había casado Balboa con una joven de Méjico, hija de un español antiguo amigo de su padre. Este matrimonio sólo había durado el tiempo necesario para producir un hijo, que recibió el nombre romántico de Florestán. La esposa había muerto cuando este niño sólo tenía varios meses, y el ingeniero lo dejó en Méjico al cuidado de unos parientes, para poder vivir con más libertad en Nueva York, dedicándose á la implantación de sus invenciones y sus negocios extraordinarios.

Después de este encuentro se reanudó la amistad entre los dos condiscípulos, escribiéndose ambos con frecuencia.

Pasaron algunos años más, y Mascaró vió de pronto al ingeniero instalado en Madrid, con el propósito de quedarse en España para siempre. Parecía enfermo. Las emociones de su existencia habían lastimado su corazón, y éste le hacía sufrir angustiosas crisis.

Con el quebrantamiento de su salud parecía haberse aumentado el amor á la patria que le dió su padre. ¿A qué rodar por el mundo, persiguiendo enormes negocios, cuando él era español y en su país todo estaba aún por hacer? La verdadera América la tenía él en España... Y se lanzó á la explotación de minas abandonadas, empleando nuevos procedimientos de trabajo; á descubrir pozos de petróleo, pues le parecía deshonroso que su patria no los tuviese; á instalar fábricas como las que había visto en el Nuevo Mundo.