Mascaró no admiraba á su amigo como hombre de negocios. «Es un soñador—decía—, que se entusiasma con los asuntos por su novedad más que por lo que pueden dar; un poeta desorientado, que aplica su fantasía á la industria.»

El catedrático no se equivocaba. Indudablemente, de permanecer Balboa inactivo, imitando la existencia mediocre y recelosa de los que guardan su dinero al margen de todo riesgo, habría continuado siendo rico como su padre. Pero necesitaba trabajar, y la actividad representaba para él fracasos y ruinas.

Sin darse cuenta de lo que significa el cambio de ambiente, aplicaba á los negocios del mundo viejo los mismos procedimientos de la actividad americana. Contaba siempre con la facilidad de encontrar capitales para todas sus innovaciones. Él abría la marcha audazmente, empleando su dinero en el nuevo negocio con la certeza de que otros capitalistas, adivinando la ganancia enorme, se disputarían entre ellos el ser consocios suyos; pero á los pocos pasos se veía solo y sin fuerzas para seguir adelante.

Su hijo Florestán había crecido al mismo tiempo que Consuelito y tenía ya veinte años. Estudiaba la carrera de ingeniero, y parecía sentir iguales aficiones que su padre por la industria y la mecánica, pero de un modo seguro y reposado, sin sus audacias optimistas, sin su prontitud para tener por axiomático todo lo que acababa de imaginar.

Mascaró parecía interesarse mucho por la suerte de Florestán después de haber escuchado algunas veces á su esposa, que veía en él un marido para Consuelito.

—¡Lástima de muchacho! Si su padre se retirase de los negocios para siempre y no trabajase más, aún podría disponer de una buena fortuna juntando los restos de lo que dejó su abuelo.

Por suerte, el ingeniero había abandonado desde algunos meses antes la «aclimatación de negocios americanos», como decía Mascaró.

—Es inútil querer transformar en unos cuantos años á los pueblos viejos—murmuraba Balboa con desaliento—. Lo que es posible en el Nuevo Mundo y hace ganar allá millones, resulta aquí empresa ruinosa.

Y abandonó todos los asuntos que habían absorbido gran parte de su herencia: los pozos de petróleo, que nunca se decidían á dar petróleo; las minas de carbón, que insensiblemente habían acabado por ser propiedad de otros; las líneas de ferrocarril, que jamás pasaban de los planos á la realidad.

Ahora vivía dedicado simplemente á las invenciones. En esto no podía influir el ambiente. Un inventor llega á realizar los mismos descubrimientos en Madrid que en Nueva York. Indudablemente sufría en su patria grandes contrariedades y retrasos, por falta de colaboradores mecánicos que diesen forma material á sus ideas; pero de todos modos, con la ayuda de un par de obreros que, dentro de su existencia modesta, resultaban tan quimeráticos como Balboa y por lo mismo le admiraban y seguían á ciegas, iba realizando en el metal los embriones de sus inventos.