Se supo con certeza qué opinión definitiva debía tener de la reina Calafia. Le inspiraba respeto esta señora, presintiendo en su existencia los esplendores de un mundo que ella no conocería nunca. Admiró la elegancia de su traje, su doble collar de perlas, el brillo de un diamante azul, cuadrado y enorme, en uno de sus dedos. Era indudablemente una mujer de otra especie que la suya, y por esto la veneró y la aborreció: todo á la vez.
De Rina había prescindido desde el primer momento, adivinando la humildad de su posición. Sintió extrañeza y molestia ante el misterio de aquella cara con la piel exageradamente tersa y juvenil, mientras sus ojos parecían viejos. La comparó con un chino vestido de mujer. Además, «olía á pobre» y miraba á todos los hombres con una simpatía ansiosa; hasta á su propio marido.
Toda la atención de doña Amparo era para la antigua «Embajadora». Al mismo tiempo que la admiraba, sentía una necesidad de protestar interiormente contra ella. Debía tener en su existencia los mismos hábitos y libertades que la habían indignado en las otras mujeres llamadas por ella «modernistas». Su hija, en cambio, no disimulaba la atracción que le hacían sentir el lujo y las costumbres elegantes de aquella extranjera.
Al final de la comida, Concha y Rina fumaron. En las otras mesas eran muchas las señoras que fumaban; pero doña Amparo sólo quiso ver á la reina Calafia y su acompañante.
Consuelito, que se mostraba extraordinariamente alegre, aceptó un cigarrillo emboquillado con pétalo de rosa que le ofrecía su nueva amiga, y lo encendió sin pedir permiso á su madre. Se sentía animada por la risa aprobadora del catedrático, que estaba viviendo en aquel comedor un episodio más de sus aventuras mentales. Y la austera señora guardó su cólera para cuando volviese á casa quedando á solas con su marido.
Después de esta comida, se habló de la reina Calafia en el domicilio de Mascaró como de una amiga antigua. Consuelito la nombraba con frecuencia, encontrando á su gusto todo lo que había oído á la otra, aceptando sus ideas, imitando un poco sus ademanes y hasta el modo de llevar los vestidos.
Doña Amparo era la única que se resistía á la seductora influencia de la extranjera.
—Yo no me quedo con su convite. Necesito devolvérselo—decía frunciendo el ceño, como si hubiese recibido una ofensa—. Es preciso invitarla, para que no nos crea unos pobres. Si ella tiene sus millones, yo tengo mi dignidad.
—¡Bueno, mujer!—contestó don Antonio, bondadosamente—. La daremos un almuerzo de platos españoles.
Comía Florestán varias noches por semana en el Ritz. Le era imposible librarse de las invitaciones de aquella señora. Además, ella mostraba un interés sincero por su porvenir, y esto hizo que toda la familia Mascaró tolerase sin inquietud las ausencias del joven.