Debía pensar en su carrera. Consuelito se veía ya, gracias al apoyo de la reina Calafia, viviendo con su marido en los Estados Unidos, tierra de maravillas de la que hablaba su padre con entusiasmo. Doña Amparo olvidó por un momento las contradictorias apreciaciones que le inspiraba aquella señora, para pensar únicamente con arreglo á su buen sentido de dueña de casa. Tal vez esta millonaria, viuda y sin hijos, proporcionase al joven matrimonio los medios de enriquecerse.
En realidad, la californiana hablaba muchas veces con el joven de su existencia futura, haciéndole preguntas sobre sus proyectos para después de terminada su carrera.
Ella sólo comprendía al hombre con un ideal de positiva realización y trabajando para conseguirlo. Le causaba asombro ir conociendo la existencia de limitados horizontes que había llevado hasta entonces Florestán. Después de nacer y vivir sus primeros años fuera de España, había quedado para siempre en este país, sin pasar nunca sus fronteras.
—¿Y no ha estado usted ni siquiera en París?...
No, Florestán no había vuelto al extranjero. Aprendió el francés y el inglés con su padre, complaciéndose en escuchar durante las veladas, como si fuesen cuentos mágicos, las descripciones de los países donde había vivido el inventor y que él visitaría más adelante.
—Pero no sé cuándo iré, señora. Pienso en mi padre, que puede morir repentinamente, cuando menos lo temamos, y esto dificulta mis viajes.
Entonces, ella, con el mismo gesto resuelto de la señorita pobre de Monterrey, cuando pensaba en su porvenir, al lado de un padre arruinado, dió consejos al estudiante:
—Hay que ser enérgico; hay que trabajar y enriquecerse. Sólo es libre el que tiene dinero.
Una noche Rina dejó de asistir á la comida del Ritz. Se había quedado encerrada en su cuarto del Palace Hotel, pretextando una fuerte jaqueca. Concha y Florestán rieron, suponiendo algún desarreglo facial que la obligaba á mantenerse oculta por unas horas.
En el comedor del Ritz encontró la californiana á una familia de compatriotas suyos que estaban de paso en Madrid para visitar Sevilla y Granada. Florestán fué presentado á esta familia, y todas las mujeres de ella, viendo en el joven un bailarín disponible, se lo pasaron de una á otra durante la noche.