La reina Calafia casi siempre olvidaba el baile, prefiriendo hablar con Florestán; pero esta noche se mostró irritada por la facilidad con que sus amigas disponían de un hombre presentado por ella. Y para evitar tal abuso, quiso aprovechar todas las danzas. Ella misma invitaba á Florestán con el gesto ó con un movimiento de sus ojos.

Bailaron hasta las tres de la madrugada y bebieron mucho. El jefe de la familia, para celebrar el encuentro con mistress Douglas, belleza famosa de su país, dejó que el encargado del comedor renovase las botellas de champaña con la pasmosa celeridad de las suertes de prestidigitación, descorchando una cuando la otra aún no estaba mediada. Siempre aparecían llenas las copas, á pesar de que la agitación del baile y el calor del salón obligaban á las parejas á buscarlas ávidamente en cada descanso.

Salieron juntos del hotel «la Embajadora» y Florestán. Ella quiso ir á pie. No había mas que atravesar el Paseo del Prado. El Palace Hotel alzaba su masa sobre el otro borde de la obscura arboleda.

La dama sentía calor. Llevaba abierto su abrigo sobre el escote. Se apoyó, al andar con cierta pesadez, en el robusto brazo del joven. Confesaba riendo haber bebido y bailado exageradamente. ¿Qué dirían de ella si la viesen con este aspecto allá en su país?... ¡Una dama que era protectora de tantas sociedades respetables para combatir el alcohol, los excesos de la danza y otros abusos y pecados!... ¡Ah, Europa vieja y tentadora!... Pero al mismo tiempo, encontraba en esta situación algo anormal un nuevo sabor á la existencia y descubría en la vida ignoradas atracciones, llegando á preguntarse si no habría estado equivocada hasta entonces...

Dejaron á sus espaldas los automóviles y los grupos de chófers estacionados frente al hotel, viéndose de pronto como caídos en la absoluta soledad del paseo.

El nocturno silencio era cortado por el canto monótono de los chorros de la fuente de Neptuno. Como ya eran llegadas las horas vecinas al amanecer, estaba apagado en gran parte el alumbrado público. Sólo algunos faroles, macilentos y largamente espaciados, marcaban sus pinceladas rojas bajo la bóveda de ébano de los árboles.

Parecía este paseo urbano, en su profunda lobreguez, un bosque desierto á enorme distancia de toda aglomeración humana. Las masas de edificación á ambos lados de la obscura avenida-jardín eran á modo de colinas cortadas, de acantilados verticales. Sobre sus aristas se tendía una amplia faja de cielo, con temblores de estrellas, perdiéndose longitudinalmente en el infinito.

Se detuvo la reina Calafia en mitad del corto trayecto entre hotel y hotel, cerca del carro de mármol de Neptuno. La hizo estremecerse la fresca caricia del vapor acuático exhalado por el susurrante tazón.

Esta lóbrega y misteriosa quietud le sugirió la posibilidad de que apareciesen varios ladrones, atraídos por el brillo de sus alhajas. La idea le hizo temblar levemente sobre el musculoso brazo en que se apoyaba. ¡Qué interesante un ladrón!...

Se acordó de sus habilidades de luchadora, de sus secretos para tumbar instantáneamente á un adversario. Se imaginó también, con cierta vanidad, el esfuerzo agresivo que podía hacer para defenderla aquel muchacho atlético y propenso á avergonzarse que iba á su lado. Luego se arrepintió de sus malos deseos.