«¡Has bebido, Conchita!—se dijo, empleando el mismo diminutivo que le daba su padre cuando era niña, y ella recordaba siempre al hacerse recriminaciones—. ¡Has bebido demasiado, hija mía!»

Al contemplar la inerte ciudad, le pareció que la noche iba á durar siempre, que no despertaría más aquella aglomeración humana dormida bajo los techos... Y si llegaba á despertar, su vida sería obscura, perezosa, aislada del resto del mundo, casi igual á su sueño.

Sintió una repentina lástima por aquel mocetón simple y hermoso que le servía de apoyo. Inclinó la cabeza hacia él, buscando sus pupilas.

Este gesto afectivo tuvo al mismo tiempo una avidez hostil. Su boca, en aquel momento, lo mismo podía morder que besar.

«¡Has bebido, Conchita!—seguía diciéndose mentalmente—. ¡Has bebido demasiado!»

Su voz exterior preguntó al mismo tiempo con violencia, como si formulase una recriminación:

—¿Y un hombre como usted va á quedarse aquí para siempre? ¿Y se casará, y tendrá hijos, y no conocerá otro horizonte que el de su casa, ni acariciará mayor ideal en su existencia que el de mantener á su familia?...

Florestán quedó sorprendido por el tono violento de estas preguntas y no supo qué contestar. También él estaba perturbado por lo que había bebido y por el contacto de aquel cuerpo que se apoyaba en el suyo con familiar abandono.

La dama reanudó su marcha, tirando de él, y dijo con brusquedad, como si le diese una orden:

—¿Qué hace usted aquí?... El mundo es grande.