VI
Donde van presentándose los enamorados de la reina y se habla un poco de la famosa Ciudad-Camaleón

Al atravesar la viuda, una semana después, el hall de su hotel á la hora del almuerzo, tuvo un encuentro inesperado.

Un hombre hundido en un sillón, con el rostro envuelto en la nube olorosa de su habano, dejó éste, al verla, sobre una mesilla inmediata y se puso de pie, sonriendo.

—¡Oh, mistress Douglas! ¡Qué agradable sorpresa!... No sabía que estaba usted en Madrid.

La dama sonrió igualmente, pero con malicia.

—Tampoco yo le creía aquí, Arbuckle. Siempre se arreglan las cosas de modo que nos encontramos.

Y el llamado Arbuckle, que era casi un gigante por su estatura y su volumen, bajó los ojos como si no pudiera resistir la mirada burlona de la señora. Mostraba la confusión de un niño grande que ha dicho una mentira y se ve descubierto.

Este hombre, que parecía estar más allá de los treinta años, sin llegar á los treinta y cinco, era de fuerte osamenta y exuberantes músculos. Tenía la cabeza y el cuello de un gladiador antiguo, la hermosura vigorosa y reposada del toro. En su rostro completamente rasurado cada sonrisa iba acompañada del brillo marfileño de sus dientes y el relampagueo del oro con que estaban chapados algunos de ellos. A pesar de su atletismo, sus ojos y su boca tenían algo de pueril, y toda su persona parecía esparcir un halo de credulidad y confianza.

Era indudablemente de limitado radio mental, con muy contadas ideas, pero éstas nacían robustas y bien definidas, quedando clavadas para siempre en su voluntad. Tenía la mandíbula fuerte y el entrecejo partido en ciertos momentos por una arruga profunda, que modificaba su rostro plácido. Esto era muy de tarde en tarde, cuando las contrariedades, en fuerza de repetirse, despertaban en él una cólera terca, dura y fría como el hielo, alterando la unidad de su carácter, predispuesto al optimismo.

La señora Douglas le había conocido años antes, al quedar viuda y tener que ocuparse de la administración de su fortuna. Este Haroldo Arbuckle era también de California, y los hombres de negocios le consideraban mozo de mérito por haber hecho en poco tiempo la primera parte de su carrera, creyéndolo destinado á mayores triunfos si continuaba trabajando. Como muchos californianos, unía la enérgica voluntad del emigrante venido del Norte al espíritu andariego y predispuesto á las aventuras de los hombres morenos, primeros colonizadores de dicho país.