Siguiendo la tradición de su tierra natal, comenzó por ser minero, buscador de oro; mas había nacido demasiado tarde, cuando los veneros auríferos de California ya no podían ofrecer sorpresas, y tuvo que trabajar primeramente en el Transvaal y luego en las soledades glaciales de Alaska. Aún no era verdaderamente rico. Él mismo confesaba no «valer» más allá de un millón de dólares, pero contaba con una gran energía para el trabajo y una mirada exacta para la apreciación de cosas y personas, condiciones que podían hacer de él un multimillonario, un director de negocios gigantescos, como los que viven en Nueva York.
Había conocido á «la Embajadora» Douglas en San Francisco, al comprarle unas acciones de minas de oro en Alaska que ella no deseaba conservar. Sus entrevistas para la terminación de dicho negocio influyeron en la existencia de Arbuckle, cambiando momentáneamente su curso.
Este trabajador infatigable sintió repentinamente una necesidad imperiosa de reposo. No tenía familia, estaba solo en el mundo, ¿para qué esforzarse por adquirir más dinero? Era un engaño cruel desconocer los verdaderos placeres de la vida, concentrando toda la existencia en la conquista de una riqueza inútil... Y dejando en suspenso sus especulaciones, se dedicó á viajar por Europa, organizando de tal modo itinerarios y descansos, que siempre venía á instalarse en las mismas ciudades donde residía la viuda Douglas.
A los pocos encuentros resultaron inútiles sus pretextos y excusas, inventados con una malicia cándida. La viuda había adivinado sus intenciones. Unas veces reía de ellas bondadosamente; otras, según su humor, las desviaba con un cambio violento de conversación.
Aprovechando un diálogo de dos horas seguidas en el hall de un hotel de Venecia para combatir el aburrimiento de cierta noche de lluvia, Arbuckle habló á la dama de su soledad. Necesitaba una compañera; debía constituir una familia. Él era capaz de realizar grandes cosas, como cualquier potentado de los que dirigen los negocios del mundo desde el Wall Street de Nueva York; pero reclamaba para ello el apoyo de una esposa que le inspirase nuevas ambiciones. Debía ser esta compañera una mujer superior, é intentó describirla...
Mas «la Embajadora», adelantándose maliciosamente á tal descripción, emprendió su pintura física y moral, atribuyéndola un sinnúmero de condiciones que la hacían diferente en todo á ella. Y el californiano movió la cabeza negativamente al verla tan desorientada, aunque sin atreverse á protestar.
Algunas veces, cuando la viuda estaba de buen humor, volvía á describirle su futura esposa, mas valiéndose de tales detalles, que Arbuckle acababa por reconocer, aterrado, una semejanza absoluta con Rina. La hermosa dama, gozándose en su confusión, se atrevía á insinuarle que su felicidad sería casarse con esta solterona sentimental.
—¡Oh, mistress Douglas!—exclamaba Haroldo, escandalizado—. Es otra mujer la que yo deseo. ¡Si usted quisiera!...
Ella cortaba la balbuciente declaración con sus risas, fingiendo tomarla á broma, y no era necesario más para que al otro se le enronqueciese la voz, quedando en desesperado silencio.
Su voluntad sólo era ruda é invencible para inquirir el paradero de la viuda y salirle al encuentro. Cuando ésta emprendía un viaje repentino sin dar aviso á sus amigos, decía á Rina en las primeras horas: