—Esta vez no conseguirá descubrirnos mister Arbuckle.
Pero transcurridos algunos días, creía husmear en el aire su próxima aparición.
—Verás como se presenta de pronto. Debe saber ya nuestro paradero. ¡Qué hombre!
Y efectivamente, el buscador de oro, acostumbrado á orientarse en las soledades africanas ó en las pistas abiertas sobre la nieve de las llanuras árticas, parecía aplicar sus facultades de orientación á la complicada red circulatoria de Europa, acabando por dar siempre con las fugitivas.
La viuda, que le había olvidado desde que llegó á Madrid, mostró cierta contrariedad al recordar las persecuciones respetuosas y tenaces de este enamorado. En el primer momento hasta consideró irritante su presencia. Luego, la imagen de otro de sus solicitantes le hizo más tolerable el encuentro presente.
«A lo menos, éste me obedece—pensó—. No se atreve á hablar y sólo me importuna siguiéndome á todas partes. ¡Si fuese el otro!...»
Y acabó por recibir con una sonrisa bonachona las confusas explicaciones de su compatriota.
—¡Qué casualidad! No sabía que estuviese usted aquí. Voy á Sevilla; me aburría mucho en París. Mi propósito era salir esta noche; pero ya que la he encontrado, me quedaré unos días.
Ella le miró con ojos incrédulos. Sabía de antemano todo lo que podía hacer Arbuckle. Permanecería en Madrid hasta que le diese á entender con rudas insinuaciones, en un día de nervios trastornados, que estaba harta de su presencia. También podía ocurrir que ella se marchase de pronto con Rina sin avisárselo.
Agradeció interiormente la respetuosa discreción de este hombre fuerte y tímido. Se había instalado aquella mañana en el Hotel Palace, creyendo que mistress Douglas vivía en el Ritz. Al enterarse luego de su error, se apresuró á cambiar de alojamiento, trasladándose al segundo hotel. Un gentleman debe desaparecer oportunamente cuando se cansan de verle. No es discreto vivir bajo el mismo techo que la mujer deseada.