Después de tal encuentro creyó inútil la viuda demorar la presentación de Arbuckle á las personas que la rodeaban. Este enamorado silencioso y tenaz acababa por vencer todos los alejamientos, y era necesario resignarse á introducirlo en el círculo de su vida normal. Ya que había descubierto su paradero, debía agregarlo á su séquito.
En la misma noche, Arbuckle habló con Florestán en el comedor del Ritz, y al día siguiente, por estar invitado Mascaró á almorzar con las dos señoras, se conocieron igualmente el profesor y el californiano.
—¡Un mozo simpático!—dijo don Antonio al salir del hotel con el hijo de Balboa—. Conozco el tipo; así son muchos de los que trabajan en aquella tierra. Actividad ilimitada; dureza con ellos mismos y con los demás en el momento del negocio; pero una vez terminado éste, muestran una alegría simple, cultivan su cuerpo hasta la vejez con los mismos juegos de cuando eran niños y consideran la vida con un optimismo inalterable.
Se equivocaban las gentes en Europa al imaginarse el hombre de negocios de América con arreglo á la existencia que llevan los manipuladores del dinero en el mundo viejo. Los negocios están más esquilmados en las naciones del continente antiguo, la riqueza es tradicional y monopolizada, algo misterioso que sólo poseen unos cuantos centenares de hombres, transmitiéndoselo de generación en generación. Es preciso que ocurra una guerra continental, un cataclismo histórico, para que surjan nuevos ricos. Las clases sociales viven cada una en su molde, y son muy raros los saltos por encima de los límites divisorios.
En América todos los días surgen nuevos ricos, y el pobre cuenta á lo menos con la ilusión. El capital no es allá algo misterioso é invisible que sólo se deja conocer de unos cuantos. Abunda el dinero, corre como el agua bajo el sol, á la vista de todos, en incesante circulación, con un esparcimiento que Mascaró llamaba «democrático». Todo servicio obtiene un pago; todo hombre «vale» algo. Nadie considera cerrado su camino definitivamente, ni se cree nacido, con una fatalidad irremediable, para ser pobre hasta la muerte. Viven en la dulce compañía de la esperanza, que es la más consoladora de las ilusiones. Tienen abierta una ventana en su existencia para que entre por ella la Suerte. El mozo de hotel cree en la posibilidad de ser pocos meses después tan rico como los ricos á quienes sirve.
—Hay allá hombres malos, de carácter duro y cruel, como en todas partes—terminó diciendo Mascaró—; pero la inmensa mayoría es optimista, tiene confianza en la vida, cree que el bien es en ella más poderoso que el mal, no conoce los pesimismos del europeo. Tal vez se debe esto á que abunda el oro. El que tiene dinero ve la vida de otro modo que el que no lo tiene. Ya sabes el refrán: «Donde no hay harina...» Por eso se experimenta una sorpresa enorme al llegar á aquella tierra y ver de cerca sus hombres de negocios. Como todo lo de allá debe ser forzosamente cincuenta ó cien veces más grande que lo de Europa, nos los imaginamos unos monstruos terribles, nunca vistos. El negociante de Europa es sombrío, amargado, escéptico, capaz de quitarte la piel con su mirada. «¡Cómo será el de allá!...», nos decimos. Y nos encontramos con una especie de niños grandes, muy fuertes en las horas de trabajo, y que cuando terminan éstas se van al club á jugar á la pelota. Si caen, son capaces de todo para levantarse; si se ven en un apuro, te echarán por la borda; pero cuando ganan dinero, lo primero que piensan es que todos deben recibir su parte. Marchando bien sus asuntos, ríen bondadosamente, se alegran con cualquier historia, miran la vida á través de su optimismo y creen necesario tener un ideal generoso y desinteresado, un ideal un poco «romántico», como compensación á la vulgaridad de sus negocios.
Adivinando la simpatía del catedrático, lo buscaba Arbuckle durante las horas numerosas y lentas en que se veía privado de hablar con la señora Douglas.
Mascaró admiraba la pulcritud en el vestir de su nuevo amigo. Sus camisas y corbatas parecían siempre recién estrenadas; sus trajes eran eternamente flamantes, cual si acabasen de recibir el planchado del sastre; una elegancia á la americana, como decía don Antonio, «teniendo por base el traje de calle», con gran variedad de tintes y formas. En una solapa ostentaba á guisa de condecoración un pequeño redondel azul de esmalte con una cifra: la insignia de su club de San Francisco.
Otro motivo de admiración para Mascaró fué la prodigalidad y la potencia de este hombre como fumador. Nunca pudo sorprenderle sin un cigarro en la boca: un cigarro enorme, ventrudo en su parte media, con un perfume mareador de hoja intensamente madura. Hablaba sin apartarlo de sus labios, manteniéndolo sujeto en una de las comisuras de su boca. Lo mordía, consumiendo con sus dientes una parte casi igual á la devorada por el fuego. En momentos de silencio le hacía dar continuas vueltas con una rotación imperceptible de sus labios.
Iba todas las tardes á sentarse en el hall del Palace Hotel con la esperanza de ver á «la Embajadora» Douglas, y si el catedrático se asomaba á dicha rotonda, su primer saludo era presentarle un estuche de piel con media docena de cigarros, largos, panzudos, esparciendo un perfume que hacía pensar al imaginativo Mascaró en las vegas cubanas.