Su trato con este nuevo amigo hizo temer al catedrático por la salud de su garganta. Él no podría consumir impunemente á todas horas aquellos cigarros suculentos, de olorosa braveza, que no causaban daño alguno al americano.

—¡Qué tío para fumar!—decía con veneración.

Algunas veces llegó á creer que llevaba un estuche repleto de cigarros en cada uno de sus bolsillos. Allí donde metía la mano en su traje sacaba habanos para él y para los demás.

Cuando Mascaró salía á dar un paseo en las primeras horas de la tarde, sus pies experimentaban inmediatamente la atracción del Palace Hotel.

—Vamos á ver si el amigo Arbuckle está en el hall.

Y lo encontraba siempre, viéndose recibido por él como un emisario que enviaba la Suerte para librarle del aburrimiento de una espera á solas.

No sentía interés por ver Madrid. Lo había conocido en viajes anteriores, y él venía ahora para otra cosa. Su conveniencia era permanecer en el hall esperando que la viuda bajase de sus habitaciones ó entrase de la calle, para hacerse el encontradizo (¡siempre por casualidad!), entablando una conversación con ella, aunque fuese rápida.

Algunas veces se contentaba con ver á Rina, pero ésta parecía menospreciarle por su ceguera ó su ignorancia. ¡Un hombre que pasaba junto á su felicidad sin fijarse en ella, empeñándose en perseguir cosas imposibles!...

La presencia de Mascaró representaba para Arbuckle unas cuantas horas de conversación, durante las cuales raro sería que su mala suerte le privase de un tránsito fugaz de la viuda. Y para no quedarse solo, vigilaba la combustión del cigarro enorme ofrecido á su nuevo amigo, y apenas veía llegar el fuego más allá de su parte media sacaba el estuche, brindándole con otro.

—No diga que no—rogaba, empleando un español de California, matizado de palabras inglesas ó italianas en momentos de duda—; son muy saludables y no hacen daño. Yo suelo fumar hasta veinte por día.