En los conventos que aún se mantenían de pie se agolpaban los viajeros de las ciudades para contemplar con histórica emoción las pobres custodias, las imágenes pintarrajeadas, todos los objetos humildes de culto que había logrado improvisar la miseria de unas Misiones perdidas en lo que era entonces para España el rincón más obscuro y lejano de sus colonias.
Recordaban estas iglesias á Mascaró, á pesar de la mediocridad y primitivez de sus adornos, muchos de los templos coloniales que había visto en sus viajes por la América del Sur. Fuesen pobres ó suntuosos, en todos ellos la principal riqueza estaba en el techo. Los frailes habían podido mostrarse pródigos al labrar el artesonado por vivir en países abundantes en madera. Sobre los muros de adobe cubiertos de cal se apoyaba la techumbre de atrevida curva, sustentada por maderos flexibles, que, en fuerza de inmersiones y continua presión, habían acabado por arquearse como las duelas de un tonel gigantesco. Otras veces estos techos tenían la forma de una artesa puesta al revés, de una barca con las puntas cortadas vuelta hacia abajo. Y las vigas, tendidas de muro á muro, parecían los bancos de esta embarcación invertida.
Las campanas de los conventos muertos eran guardadas como símbolos de la vieja California. Muchos hoteles enormes que la iniciativa americana iba construyendo en este país invernal buscaban su emplazamiento cerca de las ruinas de alguna Misión. Y si las ruinas no existían, el arquitecto procuraba inventarlas. Lo importante era que al entrar en el hotel pudiese admirar el cliente, entre los esplendores de un jardín moderno, una campana verdosa y rajada: la de los antiguos franciscanos españoles. La campana misionera era el remate del escudo de armas de California, figurando en todos los anuncios y marcas comerciales del país.
Junto al pequeño convento de Nuestra Señora la Reina de los Angeles se había ido formando la moderna ciudad de Los Angeles, la más elegante y atractiva de todas las urbes de los Estados Unidos.
—Es la Niza de allá—continuó don Antonio—; pero una Niza que tiene en invierno cerca de un millón de habitantes, cuatro ó cinco veces más grande que la de Europa, con todos los adelantos y comodidades de la vida americana y cerca del lugar donde la costa del Pacífico resulta más interesante por sus islas montañosas y su vegetación submarina. La ilusión de todo americano es ir en invierno á Los Angeles, y si es muy rico instalarse en Pasadena, lugar inmediato de hoteles caros y lujosos... En Mónaco, en Cannes y otros puertos de la Costa Azul se ven anclados los yates de los millonarios que han venido á pasar el invierno. Al llegar á Los Angeles encontré en la estación muchos vagones azules que permanecían apartados fuera de las vías en movimiento. Eran los yates terrestres de los millonarios de allá. Cada uno tiene su vagón especial arreglado á su gusto, y mientras pasa los meses de invierno en Los Angeles, el costoso vehículo espera en la estación, con su cocinero y sus ayudas de cámara inactivos, lo mismo que la marinería de un yate anclado. Cuando uno de estos personajes se cansa de comer en su hotel de Pasadena, entre jardines floridos, da á sus amistades un banquete «á bordo» de su vagón especial. Luego, al terminar el invierno, se vuelve á Nueva York en este coche-casa, ó á cualquiera otra de las ciudades de la costa del Atlántico. Seis días y seis noches de tren. Hay que retrasar ó adelantar el reloj varias veces, lo mismo que cuando atraviesa uno el mar para ir á América ó vuelve de allá. ¡Aquella nación es todo un mundo!...
Mascaró recordaba los túneles de Los Angeles. Al ensancharse la ciudad había tropezado con el obstáculo de varias colinas, que obligaron á su caserío á remontarse por las pendientes. Pero las grandes calles habían acabado por vencer las gibas del suelo perforándolas con túneles.
Estas avenidas subterráneas tenían sus paredes y sus bóvedas revestidas con ladrillos blancos de porcelana biselada. Noche y día brillaban en su seno focos de electricidad ocultos en el muro, y estos chorros luminosos de origen invisible se extendían por la curva del techo, descomponiéndose en las facetas de la porcelana con el irisamiento del nácar. Los focos de los autos, deslizándose como las cuentas de un rosario de fuego, cortaban con sus chorros móviles de luz roja este brillo lácteo, semejante al reflejo de la luna sobre un mar dormido.
—Cree uno que marcha por el interior de una ostra perlífera; parece que el automóvil se haya extraviado en las nacaradas revueltas de una caracola marina gigantesca.
Luego hablaba de la abundancia de los automóviles californianos como signo de la riqueza del país. Había un vehículo de esta clase por cada cuatro habitantes.
—De modo—continuó diciendo—que una mañana puede montar en auto la población entera de California, niños y viejos, y marcharse á toda velocidad, dejándola desierta... Pero no hay miedo de que lo haga. Es un suelo el suyo como no hay otro en el mundo.