Tan grande era la fama de este país, que su nombre, invención de un obscuro novelista de Castilla, había acabado por ser sinónimo de tierra hermosa. En Niza y Cannes, los barrios mejores por la fertilidad de sus jardines eran llamados La California. El título de la ínsula de la reina Calafia evocaba en todo el mundo una visión paradisíaca.
El oro que la había hecho célebre sólo representó una opulencia transitoria. Su riqueza permanente estaba en los campos cultivados. En su parte septentrional, antes de llegar á San Francisco, había selvas convertidas por la previsión del gobierno en parques nacionales, con árboles prodigiosos, las famosas «sequoias», bajo cuyas raíces formando arcos podían pasar á la vez varios hombres á caballo.
El subsuelo, rico en vetas auríferas, guardaba filones de los más diversos metales, y á esta riqueza sólida había venido á unirse en los últimos años el oro líquido, obscuro y maloliente necesario á la industria moderna. Por las entrañas de esta tierra, madre del naranjo y otras frutas de crecimiento maravilloso, circulaba el petróleo. Sobre las arboledas cultivadas asomaban su vértice los andamiajes de madera que marcan la existencia del pozo petrolífero. Dentro de la misma ciudad de Los Angeles había visto Mascaró terrenos rodeados de cercas, como si fuesen solares en construcción, mostrándose por encima de dichas barreras idénticos maderos en forma de pirámide. Eran fuentes de petróleo surgidas en el interior de la ciudad, pero cuya explotación había sido suspendida, por resultar incompatible con el funcionamiento y la hermosura de la vida urbana.
—Y la última riqueza de California es el cinematógrafo—siguió diciendo Mascaró—; una de las más importantes de los Estados Unidos, uno de sus primeros artículos de exportación.
No era en realidad la ciudad de Los Angeles el lugar santo donde se creaba la vida sin voz; se llamaba Hollywood, nombre de un pueblo inmediato.
Había nacido en los últimos años, desarrollándose con la rapidez biológica de un órgano reclamado imperiosamente por la función.
—En toda la tierra es conocido Hollywood; pocos son los que no han visto alguna vez sus calles—dijo el profesor á Florestán—. Esas avenidas orladas de pequeñas palmeras, con jardines sin valla, formando pendientes de musgo y de flores, por donde se persiguen los héroes de las historias cómicas y pasan automóviles que aplastan á las gentes ó marchan en vertiginoso zigzag, como si estuviesen ebrios, eso es Hollywood.
Su primera visita á dicha población había sido á mediodía, cuando los actores interrumpen su trabajo para tomar el lunch. Tenía unos quince mil habitantes, casi todos artistas. Los llamados «estudios», donde se producen las obras cinematográficas, eran la verdadera industria de esta villa. Como viven en ella miles de mujeres solas y ganando mucho dinero, habían surgido otras industrias menores: sombrererías, modistas y demás establecimientos de lujo. Los más de los habitantes tenían automóvil, guiándolo ellos mismos. Hasta los carpinteros y los maquinistas constructores de las decoraciones para las obras llegaban al trabajo guiando su vehículo mecánico. En las extensas avenidas, abiertas sin miedo á despilfarros de espacio, se adivinaba la existencia de los «estudios» al ver un centenar de automóviles en doble ó triple fila, todos con el dueño ausente.
Mascaró, al entrar en Hollywood, fué pasando entre numerosos grupos de odaliscas, unas envueltas púdicamente en sus velos, otras dejándolos flotar sobre sus espaldas, mientras corrían veloces, con una alegría de colegialas en libertad. En uno de los «estudios» se estaba filmando aquel día un cuento oriental. Las figurantas con familia acudían á sus casas para tomar el lunch y regresar cuanto antes al fabuloso Bagdad del califa Harum Al-Rachid.
Enumeraba el catedrático las maravillas de este pueblo, que por sus incesantes transformaciones era llamado la Ciudad-Camaleón.