Cada «estudio» ocupaba vastos terrenos guardados por vallas, y en esta planicie cerrada, arquitectos y hábiles manipuladores del cemento armado construían y destruían en el curso del año toda clase de poblaciones. Un día, sobre las cercas se iban elevando, en hábil y engañosa perspectiva, la torre Eiffel, el puente Alejandro, la bóveda de los Inválidos, todo lo más conocido del panorama de París. Y las empresas cinematográficas aprovechaban tal reconstitución, que había costado meses y meses de trabajo, para filmar de una vez y en unos cuantos días todas las historias que tenían por escenario la capital francesa.

Otras veces se podía ver en Hollywood el puente de los Suspiros, el Rialto y la plaza de San Marcos de Venecia; ó un zoco árabe, de tiendecitas lóbregas, al que afluían varias calles abovedadas como túneles, agitándose en su ámbito abigarrada muchedumbre de mercaderes, camelleros, hembras veladas y santones.

—Y todo construído de verdad, todo sólido y duradero, como si no hubiera de ser echado abajo apenas el operador da la última vuelta de manivela á su aparato. ¡Los chascos que se llevaba uno en la Ciudad-Camaleón!...

Recordaba haber paseado por calles idénticas á las que habitan los obreros en los suburbios de las grandes ciudades industriales. Eran casas de ladrillo ahumado, fachadas monótonas, con vidrios polvorientos en sus ventanas. Las comadres de brazos arremangados hablaban apoyadas en los quiciales de las puertas ó remendaban sus ropas sentadas en el umbral. Un tranvía viejo pasaba por el centro de la calle, haciendo apartarse á los grupos de chicuelos astrosos, hijos de emigrantes italianos ó irlandeses.

El catedrático había creído que este barrio de trabajadores sobre terrenos dedicados á la cinematografía era una prolongación olvidada de la vida industrial de algún grupo de fábricas próximas. Pero de pronto, cuando sus acompañantes abrieron la puerta de una de las casas y le invitaron á pasar adelante, no pudo contener una exclamación de asombro. La casa no continuaba. La calle estaba hecha simplemente de fachadas, y lo mismo ella que las gentes que se agrupaban junto á las puertas, las tiendecitas sucias de los pisos bajos, el tranvía viejo, los carretones circulantes cargados de cajas y toneles, todo era fingido, todo preparado para representar cinematográficamente una novela de la vida obrera en los Estados Unidos.

Todos los pueblos de la tierra, atraídos por el nuevo arte, enviaban sus gentes y sus idiomas á la Ciudad-Camaleón.

Mascaró había visto en las diversas secciones de un mismo «estudio», que filmaba varias historias á la vez, bailarinas de Málaga y bailarinas de Bombay, jinetes mejicanos ó de Australia, gauchos de las Pampas y esquimales venidos de Alaska. En las inmediaciones de Hollywood volaba á veces un aeroplano, cuyo tripulante hacía dar al aparato las vueltas más audaces, arrojándose luego en el vacío, para agarrarse á un árbol ó un tejado.

Resultaba visible la riqueza de la Ciudad-Camaleón en los edificios y las personas. Las casas de los artistas, rodeadas de floridos jardines, eran de madera en su mayor parte, elegantes bengalows, adornados interiormente con ricas alfombras y muebles ostentosos. Se adivinaba la aburrida suntuosidad de las gentes que ganan mucho dinero y se ven obligadas por su trabajo á permanecer siempre en el mismo sitio. Era una opulencia igual á la de los mineros aglomerados en un rincón solitario de la tierra, que no saben qué inventar para aligerarse del oro que llevan ceñido al talle.

Casi todas las mujeres iban elegantemente vestidas, con una elegancia pesada y costosa. Algunas, en las primeras horas matinales, llevaban trajes de rica seda bordados de oro.

La dulzura del cielo, la persistencia del sol de California, que rara vez deja de mostrarse, habían impulsado las grandes industrias cinematográficas á establecer sus «estudios» en este pueblo junto á Los Angeles. Hasta el pasado salvaje del país ayudaba al mayor esplendor del arte mudo. Cerca de Hollywood existía una de las llamadas «reducciones» de indios, porción de terreno que el gobierno deja á las antiguas tribus para que sigan vivaqueando como antes de la conquista realizada por los blancos.