Después de haberle conocido en Florencia volvió «la Embajadora» á encontrarlo en París, y desde entonces fué tropezándose con Casa Botero en todos sus viajes por Europa.

Era menos hábil y rápido que el antiguo buscador de oro para descubrir su paradero; mas de todas suertes acababa por surgir ante su paso pocos días después de haberse mostrado Arbuckle. Resultaba de trato menos seguro y plácido que el otro solicitante; siempre hallaba el medio de exponer sus pretensiones amorosas, á pesar de las interrupciones burlonas de la viuda y su habilidad para librarse de palabreos importunos. Además, había sabido atraerse la simpatía de Rina, y ésta le ayudaba con sus elogios y sus frases de admiración al quedar á solas con la viuda.

Dos sentimientos contradictorios agitaban á la señora Douglas al pensar en él. «Tal vez será conveniente cortar esta amistad», se decía muchas veces.

Casa Botero estaba bien relacionado socialmente; entraba en todas partes; era muy conocido en París desde los hoteles inmediatos al Arco de Triunfo hasta los establecimientos y clubs vecinos á la Magdalena; pero algunas personas de situación respetable sonreían irónicamente ó hacían un gesto de inquietud al oir su nombre. Otros afirmaban que en la Embajada de España nadie conocía á este personaje, ni estaban enterados de la existencia del marquesado de Casa Botero. Tal vez eran murmuraciones de sus enemigos. También podía ser que su título fuese de los que concede el Papa. Pero aunque no resultase menospreciable por un pasado turbio, siempre era para ella un amigo poco tranquilizador, que le obligaba á vivir recelosa y pronta á defenderse.

Al mismo tiempo le inspiraba cierta gratitud por el interés con que atendía á sus diversiones, proporcionándola invitación para asistir á las fiestas más famosas, guiándola con su experiencia y sus amistades en el círculo de la vida cosmopolita comprendido bajo el título de «todo París». Era para ella lo que para ciertas damas antiguas el llamado «caballero sirviente». Gracias á su auxilio había conocido en pocos meses un París que muchas de sus compatriotas tardaban años en conquistar.

Sentía á veces remordimiento al darse cuenta del inexplicable contraste entre la simpatía que le inspiraba este hombre y las noticias de su vida anterior. Era una vergüenza igual á la que se sufre con el descubrimiento de un pecado: vergüenza que no nos impide persistir en él. Conocía varias «historias malas» del tal Casa Botero, historias de amor con mujeres á las que había hecho perder su prestigio y su posición social; historias con damas que á última hora no quisieron casarse con él; mas todo ello era muy vago; nadie podía afirmarlo con un testimonio directo, y el marqués continuaba siendo bien recibido en salones respetables frecuentados por ella.

La estima simpática de este hombre inquietante era su único pecado mental, lo que hacía que le apreciase todavía más, con ese interés curioso que inspiran los libertinos alegres y serviciales á muchas personas honestas. Era para ella á modo de una ventana que le permitía asomarse sobre un mundo prohibido. Todo lo malo que le contaban acerca de su pasado parecía añadir nuevas seducciones á su persona. Según iban aumentando los informes en perversidad, se agrandaba su atracción: la terrible atracción que ejerce lo desconocido.

Ella, además, era una mujer fuerte, predispuesta por instinto á buscar todo lo arriesgado. Bastaba que muchas señoras evitasen con miedo el trato de este hombre, para que «la Embajadora» le concediese mayor familiaridad. Sonreía cuando algunas amigas tímidas le insinuaban que este individuo iba indudablemente en busca de sus millones y era capaz de comprometerla en un escándalo social, para obligarla de tal modo á casarse con él. Le gustaba juguetear con el peligro, desorientar con sus coqueterías y sus severidades á este temido sujeto, sin permitirle que avanzase un paso más en su intimidad. Era como si domesticase una bestia feroz y astuta, divirtiéndose en hacer de ella un gozquecillo, seguidor humilde de sus pasos.

La mujer que Mascaró apodaba «la reina Calafia» podía arriesgarse en estos ejercicios de amazona, sin miedo alguno. Sus opiniones austeras, la ordenada serenidad de su vida física, le permitían considerarse fuerte, ignorando ó despreciando la embriaguez de la tentación. Su existencia tenía la regularidad isócrona y vencedora de una máquina.

El adulterio, con los tapujos y mentiras que forman su acompañamiento, le había parecido siempre una cobardía, indigna de su carácter franco y valeroso.